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12/03/2015 - Alejandro Melgares de Aguilar Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Esperanza Pedreño.
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Esperanza Pedreño.
Esperanza Pedreño: "No puedo vivir mi vida como si hiciera un personaje"
La actriz, que recibió ayer a EL DISTRITO, representa los martes de marzo 'Mi relación con la comida' en el Teatro Galileo


¿Quién se preocupa del amor: la política, la economía, la filosofía, no hay nadie? Es una de las cuestiones que se plantean en la obra ‘
Mi relación con la comida’ que se representa los martes del mes de marzo en el Teatro Galileo, el monólogo más provocativo e intimista que ha encarnado en toda su carrera Esperanza Pedreño (Albacete, 1974). Ella pone en escena este texto confesional trazado por la dramaturga y actriz catalana, Angélica Liddell. La joven manchega ha asistido a obras suyas y aunque no la conoce personalmente, la admiración que profesa por su obra le ha llevado a embarcarse en este proyecto que concibe como “un acto de amor hacia ella”.

“Cuando empecé a trabajar el texto me llamó la atención porque se va construyendo en el presente teatral”, explica la intérprete, quien en una primera parte se vale de diversos objetos para crear lo que el gran público entiende por teatro. En un momento dado la luz de la sala se enciende y entra en acción otro código. El objetivo es romper los tópicos escénicos con conceptos que Esperanza literalmente dibuja con una tiza sobre el escenario, como por ejemplo la demagogia, “parece que no se pueda hablar de un sentimiento colectivo como el hambre en África porque entonces te tachan de demagogo”, indica la actriz. Asimismo, la obra establece comparativas, como la que existe entre violencia poética y real, “los mismos que ven muertos en los informativos se escandalizan al ver performances de Abel Azcona, los actos de Facu Díaz con el PP o que se cocine una langosta sobre el escenario”, apunta Esperanza refiriéndose a un fragmento de la obra ‘Accidens’ del argentino Rodrigo García. El fin es llamar la atención a un nivel que desemboca en ocasiones en el rechazo de espectador y crítica.

El caso de Angélica es similar al de Rodrigo, se ha visto obligada a exiliarse en Francia y ha ratificado en alguna entrevista que no tiene intención de volver. Esa nueva forma de comunicar con el público le ha valido el II Premio Valle-Inclán y el Nacional de Literatura Dramática 2012, entre otros. A pesar del respaldo de la élite cultural, “es una creadora mundial de prestigio en Europa y poco conocida en nuestro país”, reconoce Esperanza, a quien le atrae la relación privada que establece en su obra con el público, porque “a cada uno le habla y le llama la atención cosas distintas, lo que genera entre ellos cierta incomodidad”. Y es que en ‘Mi relación con la comida’ sucede esto, unos se ríen en determinadas situaciones, otros no, algunos se enfadan, sentimientos que despiertan esta nueva forma de comunicar en la que espacio y tiempo se confunden, a la vez que los convencionalismos teatrales se destruyen por completo.

Actriz que supera la crisis

“Leí la obra, me gustó y como me dedico al teatro para bien o para mal lo hice”, expone Esperanza con respecto a su obra en el Galileo. Y es que anteriormente la actriz sufrió un parón y se le acabó el dinero “a mi pesar no intencionado, me pilló la crisis como a todo el mundo”. Después de un embarazo, la “buscavidas” de Albacete, como ella se define, emprendió nuevos proyectos autogestionados. 

Esperanza empezó a hacer teatro en el IES Tomás Navarro y posteriormente arrancó la carrera de Económicas en la Universidad de Albacete. Trabajó con varios grupos de artes escénicas y le llegó la oportunidad de acceder a la Escuela de Teatro Clásico de Almagro. En esta ciudad manchega ejercía de guía turístico por las mañanas y en horario de tarde acudía a sus clases. “Con 19 años hacía damitas de teatro clásico en el Corral de Comedias, en la época en la que Adolfo Marsillach dirigía la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) y me decían que debía seguir con la profesión”, declara Esperanza. En este sentido, la intérprete decidió probar suerte en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) donde empezó a tomarse en serio la profesión.

Gracias a una beca pudo viajar a Londres donde descubrió una forma diferente de entender la formación académica. “Hay asignaturas que son monográficos de cinco días, dependiendo a dónde quieras llegar un tutor te induce a elegir una asignatura u otra y los profesores imparten clases compartidas, mucha más interdisciplinariedad”, resume la actriz. Esa amplitud de miras en un momento en el que el Arte Dramático estaba en una laguna en la RESAD, regido por enseñanzas medias pero con un título superior, le llevó a Esperanza a cuestionarse muchas cosas. “Cuando regresé no entendía por qué si existe interpretación, dirección y dramaturgia en la escuela no se generan compañías teatrales, somos unidades que salimos de allí a ver si nos cogen en un casting”, remata la intérprete.

Descubrir el humor

Cuando salió de la escuela a Esperanza le resultaba más sencillo crear obras con amigos porque había más cafés teatro. Allí descubrió el humor porque en la escuela solo le daban papeles trágicos. Algunas de las obras que escribía, dirigía o interpretaba le fueron bien y abrió un circuito de gira más que aceptable. De hecho uno de sus primeros galardones le vino por la Comunidad de Madrid, que le reconoció su papel en ‘Las engendras televisivas’, un cabaret que representaban en la Sala Candilejas en la calle Bailén, reconvertido hace once años en una discoteca.

Tras su contacto con la escena madrileña llegó su etapa en la pequeña pantalla, de hecho ella considera que “para mucha gente soy una actriz de tele y ahora intento recuperar esa etapa teatral que generé con mis propios proyectos y me es muy difícil”. Su gran éxito televisivo, que le valdría un galardón en 2005 de la Unión de Actores, fue el de la dócil secretaria Cañizares en 'Camera Café' y lo recuerda como “un trabajo que hicimos con mucha libertad tiene mucho de payasa, uno solo puede tener un clown y se lo di a ese personaje. Lo que hago ahora tiene que ver más con el bufón apela a lo racional, la inteligencia del espectador y no tanto a lo emotivo que puede despertar un payaso que es más gestual”.

Goya como una “tontería”

Esperanza admite que cuando aborda un personaje no lo hace para diferenciarlo del anterior, “eso es un mal camino”, puntualiza y agrega que lo que interpreta no tiene nada que ver con sus circunstancias personales. En este sentido, sale a colación la película ‘Una palabra tuya’ (2008) donde daba vida a Milagros, “que no conoce a Cañizares o viceversa, no tenía que hacer un trabajo para distanciarlo de otro. Llegué a puntos en común, solo tenemos un timbre de voz y punto pelota”, piensa la intérprete. Esa libertad al ejercer su trabajo no le fue mal, ya que por aquel film cosechó varios premios y fue nominada como actriz secundaria a los Goya, galardones que define como “una tontería que no tiene nada que ver con el trabajo realizado”, opina la actriz. Eso sí, clarifica que fue “genial”, trabajar con su compañera de reparto Malena Alterio, con la directora Ángeles González-Sinde y conocer a la autora del guión, Elvira Lindo.

Esperanza tacha de “experiencia difícil” el mes de la nominación a los Goya, porque “me dijeron que tenía que escoger un vestido de un diseñador español para apoyar la moda nacional, entré en el auditorio donde había una pared negra por las cámaras, me quedé parada y flipada, no pude posar”, detalla su experiencia. Un pudor que la actriz no muestra sobre el escenario, pero es que asume que “no puedo vivir mi vida como si hiciera un personaje” y pese a que su madre le dice que los saludos también forman parte de la función, “no me sale sonreír, hay algo que me impide hacerlo”, añade y en incógnita se queda la causa.

Su última experiencia en televisión, ‘Doctor Mateo’ y en la gran pantalla el film ‘18 comidas’ (2009) un trabajo de improvisación del director gallego Jorge Coira rodado en nueve días en el que la actriz protagonizó una de las historias junto a Luis Tosar. Ahora la intérprete vuelve sobre las tablas para quedarse porque nunca se ha ido, con el deseo de que acudan a ver ‘Mi relación con la comida’ la gente normal y no el público de las élites. Y lo que es un hecho es que viéndola en el escenario y mientras exista el teatro, habrá Esperanza.









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