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05/05/2016 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Neil Young
En el Mad Cool Festival, el 18 de junio de 2016

Es Neil Young un canadiense con hechuras de haber nacido en los States. Puro americanote genial y contradictorio, feroz y cabezota, componiendo himnos como quien se bebe un vaso de agua y con el raro mérito de poder ser tan meticuloso como un desastre al mismo tiempo; algo nada fácil, pero él es como un mago de setenta añazos que a veces coge la varita al revés como si tuviese sólo siete para encontrar lo que ni siquiera estaba buscando. ¿Acaso eso no es ser un genio? Encontramos ahí parte de la respuesta a su conexión con los Crazy Horse, tan erráticamente perfectos como apéndice durante años, o más recientemente con Jack White, otro monstruito obsesivo.

Prolífico, con la musa a bandazos, una musa brusca y sin filtros que le lleva a componer sin pensar, con esa facilidad para encontrar una melodía de la que tirar del hijo y alargar o cortar cuando el propio tema lo pida; algo que se nota más en directo. Esa frescura se nota también en las letras, recibiendo ciertas críticas, por ese punto tosco de escribir lo que surge en chorro y su manía de no meterle una lija.

En los noventa, esa urgencia que destila enchufado a una eléctrica, que dispara como un manguerazo de clavos, le hizo saltar hacia atrás dos generaciones para convertirse en el partiarca de grunge; y hoy es de los pocos de su generación cuyos conciertos nada tiene que ver con el revival de sólo ver a un mito. Sigue vigente por mucho que él eche en falta esa inspiración caótica que le dio durante décadas la marihuana, el tequila y la harina incandescente.

En Young un hippie forrado hasta las trancas, sin filtro, sin frenos a la creación en crudo: Last in, first out!, con caprichos de diva: como enterrar el autobús de las giras en su rancho de Frisco como si fuese el purasangre de Jerónimo. Complejo, arisco, con ese punto misántropo pero a la vez preocupado por lo que ocurre –Ohio- mientras colecciona trenes de juguete y restaura modelos clásicos de todos aquellos coches que, en Detroit, montaban por el día los bluesmen venidos del sur para trabajar en las fábricas.

 Tiro de memoria. Mi primer concierto de Neil Young fue en el lejano 93, cuando él era otro y yo también. Hoy, mientras esto escribo, estoy escuchando el primero de sus discos en directo, en vinilo, of course, titulado Times Fades Away. Y digo en vinilo pues no ha sido reeditado en formato CD ya que el siempre inconformista no quedo satisfecho, con cierta razón por es una grabación técnicamente pantanosa aunque llena de magia también. Veo la fecha y está publicado en el 73 –grabación del 71. Me parece un buen paso atrás para verlo en este 2016 rebelándose rabioso contra los achaques; y que así sea durante mucho tiempo.

 









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