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31/03/2009 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Se ha cumplido estos días el centenario de la muerte de Alejandro Sawa, el gran bohemio sin paliativos, el gran maldito de una generación que se volatilizó al contacto con la siguiente camada: la Generación del 98 -un grupo bautizado así por Azorín y del que, sin embargo, sus miembros nunca se identificaron como un conjunto-.

El de Sawa fue el entierro más literario de España, una mascarada que inmortalizó Valle-Inclán, en Luces de Bohemia, creando la figura de Max Estrella y, de paso, ese Esperpento genial y tan español mezcla de Goya, kif, gafa umbraliana y Callejón del Gato. Pero rebusquemos un poco más en esta figura mítica de la poética del hambre, del anarquismo entintado a golpe de rotativa: un andaluz con sangre griega que trajo vanguardias de París mientras era reconocido como un igual en crápulas por el saturnísimo Verlaine, un alucinado que recitaba discursos a los mismos faroles de gas que hacían danzar sombras en la Plaza del Sol, pipa en mano, voz en cuello y ese perro tranquilo, con cara de Don Latino, que siempre le acompañaba paseando por el Madrid finisecular donde el sablazo era un arte y donde, a veces, le tocaba recibirlo a Pío Baroja con un déjeme usted cuatro pesetas que si no las lleva encima le acompaño a casa para que las coja; y otras veces sufrirlo en propias carnes como cuando le escribía artículos a Rubén Darío y éste los publicaba con su nombre pero ¡ay! no le pagaba por los servicios de negro periodístico. Tremendas son las cartas desesperadas que Sawa le enviaba reclamando los pagos y punzante la mala conciencia del gran indio lírico cuando, tras la muerte indigente del que iba para mascarón de modernidades, le escribió tan bello prólogo a Iluminaciones en la sombra: uno de los grandes libros menores de la literatura española.

Alejandro Sawa fue un perdedor puro, el que todo lo tiene para ganar pero pierde; y así nos lo recuerda Manuel Machado en un poema-epitafio: “Jamás hombre más nacido/ para el placer, fue al dolor/ más derecho.// Jamás ninguno ha caído/ con facha de vencedor/ tan desecho.// Y es que él se daba a perder/ como muchos a ganar./ Y su vida por la falta de querer/ y sobra de regalar fue perdida…”. A pesar de que lo definió Baroja en sus Memorias como un andaluz de aire apostolar y sin ninguna penetración, no duda el vasco en meterlo en El árbol de la ciencia y en Silvestre Paradox; y bajando a sótanos literarios podemos encontrarlo en obras de García Pipot y Ernesto Bark.

Escribió, como un visionario: “Prefiero el hambre al insomnio pues prefiero la muerte a la locura”. Y murió loco y ciego, como el rey de una tragedia antigua, para volverse invisible: desaparecen sus restos en el Cementerio civil al ser enterrado en una sepultura de tercera temporal que costó setenta pesetas redondas incluyendo un coche con dos caballos. Y desapareció el caserón de Conde Duque donde se fue apagando su visión, su cordura y su vida. Como buen perdedor luchó en guerra equivocada: el naturalismo, en vez de potenciar lo que le era más suyo: el simbolismo. Así, sus novelas naturalistas se oxidaron y hoy se reeditan por leyenda más que por literatura. Podría haber sido, pero no fue… Mi homenaje a un raro que sólo nos dejó pinceladas de lo que podía haber escrito.

 

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