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16/10/2007 - Jorge Bustos Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Jorge Bustos

Los españoles, ese colectivo que si no tiene dinero prefiere no comer pero comprarse un Audi, suele responder en las encuestas que lo que ve en la tele son sobre todo documentales, y después, también, pues programas de ciencia y algún que otro concierto. Luego llegan los audímetros y dan cifras en torno a los diez millones de nacionales adictos a los realities. Quiere decir esto que más o menos ante cuatro de cada diez teles encendidas en España hay sentado uno o varios seres inequívocamente humanos que atienden, vibran, palmotean, fruncen el ceño, segregan serotonina y son capaces de disfrutar viendo Gran Hermano. Los que no lo hacen no son preocupantes; este artículo es para todos los demás, como dice el Banderas en una publicidad que acrisola retórica sapiencial y escenografía brechtiana por vía de exhibir a un simple sin zapatos sobre una silla del revés. Con ánimo de fundamentar este artículo, el otro día me puse a ver la tele después de comer y di con uno de esos documentales que ven los españoles.

La manada de mamíferos que aparecía en pantalla no parecía ser consciente de la presencia de las cámaras. Se conducían con naturalidad, con arrogancia incluso. Contra lo que dicta la vieja máxima científica, en este caso la actividad de observar no parecía introducir modificación alguna en el comportamiento del observado. Las criaturas se movían frente al objetivo con una inadvertencia y una espontaneidad totales, casi impúdicas. Ello me permitió reparar en el extraordinario parecido que estos animales guardan con nosotros, los seres humanos. Al parecer se trata de una especie desconocida hasta hace unas décadas; desde antes de Al Gore conocíamos que el avance de la técnica corre en proporción inversa a la amplitud de los ecosistemas, razón por la cual carecemos de registro fílmico de muchos de los animales que en este mundo nadaron, volaron o corretearon con despreocupada vivacidad. La especie que nos ocupa, en cambio, se encuentra en franca expansión, y el documental arrojaba mucha luz sobre las claves de su éxito biológico. Para empezar se adaptan bien al ámbito urbano, sobre todo a la periferia de zonas industrializadas, donde aprenden sus técnicas de supervivencia. Algunas personas tratan de domesticar a estas fierecillas, pero hasta la fecha no se tiene noticia de intentos exitosos: hostiles a cualquier refinamiento de los meros instintos, los científicos no han podido doblegar su terca reluctancia a las formas más embrionarias de inteligencia. Tampoco se respetan a sí mismos, y las jerarquías que establecen son mucho más débiles que las que rigen entre mamíferos más complejos como los lobos. Un detalle curioso: apenas ofrecen resistencia cuando se les encierra; en el documental se aprecia cómo, tras la privación de su libertad, no sólo no revelan animosidad alguna contra la criadora, de nombre Mercedes -entre sus aficiones figuran, además de la zoología, el vedettismo tardío y las finanzas-, sino que juegan familiarmente con ella, hasta un grado de docilidad desconcertante. Quizá compartan mucho de la genética de los hámsters, especie que ya sólo admite el estado de cautividad. Se desconocen sus costumbres higiénicas en campo abierto, pero cautivos tienden a multiplicar la suciedad en derredor con método infatigable, extendiéndola de su propio cuerpo al entorno inmediato, por lo que es preciso instar a su limpieza periódicamente. En cuanto a la función reproductora, en esto se comportan como cualquier otra especie de pequeño mamífero -conejos, ratones-, pero un proceso de cortejo algo más elaborado, cual es por ejemplo el de algunas aves, les resulta del todo ajeno. Poco más que arrimarse les hace falta para desatar el ímpetu copulador, tras el cual machos y hembras se separan o reinciden según repoblen o no la granja con nuevos individuos. Entre ellos se comunican con sonoridades prolongadas y de volumen y timbre muy diverso. Ahíto de brutalidad, pasé de Telecinco a La 2, donde echaban otro documental, este de delfines.

En Rebelión en la granja, Orwell narraba la alianza de los cerdos y los hombres para obtener poder; en Gran Hermano la alianza se hace para ganar dinero, pero igualmente no se sabe quién es el cerdo y quién el hombre.

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