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14/07/2008 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Entró el verano en Madrid de un día para otro. Diez grados de sopetón y todo empezó a bullir como luciérnagas incendiarias por toda la ciudad; algo que ya no parará hasta bien entrado septiembre. Es la época de vagabundear de manera pertinaz como los viejos bohemios, a veces con ellos, y de desayunar ginebra en taza de té en San Ginés después de quemar la noche, de inyectar paganismo a Madrid, de encender la ciudad y la vida entre sus fuegos artificiales, su música y sus antros oscuros. Esta noche bien se merece un Honky Tonk, ese templo, que diría mi amigo Faysal.

Todo bulle simultáneo en mil direcciones: jovenzuelas descalzas por las terrazas, las risas, sus culos de melocotón, pechos como botijos en ansias de sol, esos ojazos que brillan de otra manera bajo estos cielos. Qué arda Madrid bajo sus huellas y su volcán.

Me cruzo con Vinila Von Bismarck: ¡Bellezón, bellezón!, muslos larguísimos y boquita de piñón. Burlesque granadino con aires berlineses y un disco fantástico que me espolea desde el i-pod con su grupo Krakovia.

Los paseos me llevan por callejas cerca de las Bárbaras. Tascas para turistas y un bar de luces apagadas con serrín en el suelo. Allá que voy: los sábados toca cocido a pesar de los calores. Tres o cuatro asturianos en la barra, un perro que va entrado y saliendo y, al fondo, un vagabundo comiendo acompañado de todo un señor quinqui.

El lumpen siempre me ha atraído, es un imán infalible que esta vez me lleva a compartir, al cabo de un rato, mesa y vinos. El vagabundo desprende un olor penetrante y está demasiado sonado como para que resulte interesante. El quinqui fuma Winston y maneja fajos de billetes de cincuenta euros. Educado, rubiasco y con tatuajes carcelarios pretende que adivinemos su profesión. Respuesta complicada que tratamos de reprimir pues el resultado de no cumplir sus expectativas puede ser peligroso. Al final nos avisa de que puede que no nos guste y yo pienso en lo peor… Nos explica que ladrón, ladrón de bancos, y que llegó a atracar trece, siendo reconocido como maestro -según él- por el  Solitario. Muy respetable y muy español es lo primero que se me ocurre decir. Le ha gustado mi reacción. Se presenta como el Jaro, aquel al que cantó Sabina, y Eloy de la Iglesia le hizo la película Navajeros. Sería todo un descubrimiento si no fuera porque se lo cargaron antes de la mayoría de edad y además se le escapa que su verdadero nombre es Pedro; y ni el verdadero Jaro, ni ninguno de sus hermanos se llamaba así. Hasta en los bajos fondos existe la leyenda y la mitomanía; y cuando seguro que la vida de este elemento también tendría tela marinera.

Callejeando, vuelvo a la Glorieta de Bilbao y me meto en El Bandido doblemente armado. Pasamos al extremo contrario. En la barra está Pérez Azaústre, más interesante -para mí- como novelista que como poeta. Él, tan correcto y amable, es el típico que encanta a las madres de sus amigos. Pretende ser un profesional de la literatura -y lo está consiguiendo-. Una opción muy respetable, sin duda, aunque yo prefiera a esos escritores cuya obra es remolque radical de su vida y obsesiones.
 

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