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03/01/2008 - Víctor Córcoba Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Bajo esta oscuridad mental
Víctor Córcoba

El drama de la oscuridad mental se sirve a diario desde los pedestales más cínicos, vociferando mañanas que no son, porque no tienen salida a ningún paraíso edénico, donde uno se encuentre a salvo con los ojos cerrados. Vean y miren. Tantas veces la justicia se viste de injusticias y el odio se enquista en el alma, que las puertas de la luz se cierran y lo cruel es que nos encierran en una jaula de números, con distintivo: productivos y no productivos. Los más débiles son carne de cañón para el invierno. No hay Navidad que valga. El traqueteo del engaño tampoco descansa, lo nefasto es que nos ha dislocado la conciencia hasta dejarnos ciegos y no ver más allá de la superficie de las cosas. Nos deslumbran los dioses de la tierra que, a codazos, han subido al pedestal de Pilatos. La sencillez y la pureza son agua pasada y voz de los poetas. La educación, que podría abrir cierta esperanza, también es un corral de confusiones y un gallinero de vientos contra natura. Las campañas de educación sexual y afectiva dirigidas a los menores de edad, sin que los padres muchas veces tengan voz ni hayan prestado consentimiento, son más crueles que una tormenta de piedras en el desierto. El adoctrinamiento de una formación moral, en franca contradicción con los principios éticos, ha entrado triunfal en cientos de centros educativos.

Ante el aluvión de espadas en ristre y el consiguiente olvido del sentido común, los obispos españoles, quizás pensando en que estamos inmersos en una sociedad pasiva y acomodaticia, piden que la identidad de la familia cristiana no se desvirtúe. Desde luego, aquella familia transmisora de valores cívicos y humanos, donde se aprendía a amar, a compartir, a dialogar, a perdonar, a colaborar y a sacrificarse por los demás, renunciando a los propios gustos y caprichos, parece que vive también en la oscuridad mental. Sólo hay que mirar y ver los divorcios que a diario se producen, o escuchar el testimonio de mujeres y niños que han sufrido maltratos físicos o psicológicos. Está visto que las políticas de familia tampoco funcionan. No pocos matrimonios malviven en otra oscuridad, en la de infraviviendas y con unos salarios irrisorios, que te ponen el alma en pena. Todo, todo se trivializa. El caos va enterrando nuestras vidas con frías luces de candelabro y cemento. Lo malo es que esta inhumana realidad de escándalos se ha vuelto costumbre, a pesar de su irracionalidad, y muy pocos son los que llenan el vacío circundante de éticas, cuando la ignorancia, que es la noche de la mente, ha tomado poder y posiciones de privilegio.

Los efectos de esta oscuridad mental ahí están, nadie conoce a nadie, los niños no pueden ser niños en un mundo de víboras, a los ancianos se les aísla como si fuesen trastos viejos, a la juventud se le llena los oídos de caracolas. En una sociedad que, por diversas razones, cultiva la duda y el cinismo, el miedo y la impotencia, la inmadurez y el infantilismo, el vicio al por mayor, los jóvenes tienen dificultad en madurar, los mayores pasan aprietos por quitarse la soledad de encima, y las personas decentes viven en la estrechez de una isla para que no se les oiga. Mal que nos pese, se van limitando libertades y reduciendo al ser humano a la esclavitud. El raso negro tiene presencia real. Los métodos de bravura son monstruosos y sibaritas a la vez. Casi parece tener razón el escritor George Orwell cuando prevenía, en 1948, en su libro 1984 contra el espectro del totalitarismo y del avasallamiento absoluto del individuo y hasta de su conciencia. Ciertamente, por mucho resplandor que se nos ofrezca, cuando no tiene alma y vida propia, verbo y conjugación en la persona, que ella y yo por fin podamos ser, es difícil que amanezca.

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