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22/06/2016 - Juan Luis Posadas Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El canon digital: otra bofetada más a la dignidad del escritor

En dos artículos publicados en El País he llamado últimamente la atención sobre el gran negocio levantado por los fabricantes de dispositivos electrónicos de lectura sobre los hombros ya vencidos de los autores y creadores de ideas. En el momento en que escribo este artículo, los autores somos ya cadáveres insepultos, y los fabricantes de dispositivos se ufanan como Vitelio en el campo de batalla: “el cadáver de un enemigo siempre huele bien”.

El Tribunal de Luxemburgo, casi cuatro años después del Canon digital aprobado por el gobierno saliente, ha fallado en contra del mismo porque carga sobre los presupuestos del Estado la compensación a los autores por el saqueo de sus derechos por parte de los usuarios de los dispositivos electrónicos; todos hechos ex profeso para la piratería. No nos engañemos más: nadie compra un dispositivo si no permite “bajarse” gratis los contenidos. Por eso, todos, repito, todos los dispositivos electrónicos incluyen el medio de “rellenar” sus estanterías con libros, música y películas “gratis total”. Nadie quiere reconocer cómo aparecen en esos aparatos miles de títulos de todo tipo sin pagar ni un céntimo… salvo lo ya abonado para comprar el dispositivo y para acceder a la Red.

El gobierno saliente, quién sabe si motivado por los fabricantes de dispositivos, decidió eliminarles la pequeña molestia de compensar a los autores por las copias “privadas” de sus obras. Y el tribunal de Luxemburgo ha dicho que no. Que deben ser los que detentan el negocio de la copia ilegal los que compensen a los copiados. En realidad, los fabricantes trasladarán esta compensación a los compradores de los dispositivos, esos que dicen que no van a copiar nada ilegalmente.

No conviene engañarse con este canon, lo pague quien lo pague. Constituye un magro consuelo que quien te mata te pague la mortaja. Las compensaciones que reciben los autores no llegan ni para pagar sus entierros. A los autores nos cuesta dinero publicar. Esa es la realidad. Y con esa realidad, ¿quién va a ponerse a escribir, componer, grabar, editar o rodar? Solo espero que los fabricantes de dispositivos y sus compinches, las compañías telefónicas, los gestores de la Red y los gobiernos salientes, se den cuenta de que han contribuido a matar la gallina de los huevos de oro. Y de que el cadáver de un enemigo huele mal cuando te das cuenta de que a quien has asesinado era un amigo.









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