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15/09/2008 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La cosa de ser una figura mediática mundial es que las noticias sobre tu vida pueden llegar a adelantarse a ésta en su verdad o en su mentira. Cualquier rumor de quinta mano alcanza el rango de axioma absoluto para desmentirse, reafirmarse y contradecirse varias veces a lo largo del día. Es uno de los problemas de la extrema inmediatez de Internet y de que sea más importante ser el primero aunque sea dando una mentira.

Estas cosas, mi adorada Amy, las lleva muy bien; vamos, que se la trae floja lo que de ella se diga. El escudo creado para defender su timidez es extremo y consiste en actuar como si no hubiera nadie mirando: desde meterse la mano en el escote para colocárselo al gusto, hasta subirse un poco el vestido, sacarse las bragas, tirarlas en una esquina y ponerse otras para continuar más fresca la tournée por los billares y pubs de Campdem con parada casi obligada en el Dublin Castle y algo menos en el Monarch. Suena un blues de Koko Taylor y aprovecho para preguntar por alguna tienda donde pueda encontrar vinilos de ese palo tan poco editado en España. Anoto en una servilleta: el Junkies en el Soho e Intoxica en Portobello. Habrá que bucear.

Amy es totalmente desconcertante, como su diafragma, que debe de tenerlo cambiado de sitio, pues modula como le sale del arco del triunfo. Creo, que ni ella misma es consciente de su talento; y esperemos lo sea pronto, antes de que se le dinamite definitivamente una voz que desde finales del año pasado ha perdido ese pequeño extra mágico que marcaba diferencias abismales con el resto.

Obviando el terrorífico concierto en Lisboa, si comparamos las actuaciones en el Mandela, en el concierto de Madrid, en el Glastonbury, o la última en Stafforshire, con las del primer semestre del año pasado, vemos la diferencia entre ir a un concierto de compromiso o a uno apabullante con la estela de los grandes mitos.

Queda de ella, ahora mismo, un pequeño esqueje tierno y afilado de aquel árbol rotundo que fue y que hoy no llega a los cuarenta kilos. Miente como sólo mienten los yonquis, en cosas absurdas e irreales, para auto-convencerse a la vez que te lo cuenta, de que es posible, de que puede cambiar cuando quiera o bien de que lo podría hacer. Su mirada, antes tan viva y curiosa, se pierde por momentos en ensoñaciones dejándola en pozos de silencio impenetrable que le impiden sonreír durante horas, y como no hace tanto sí hacía continuamente. La frustración por algo que va más allá en profundidad de lo que todo el mundo cree, y que ni ella misma termina de definir, le lleva al radicalismo de mimar y cuidar -a su manera de animal salvaje- a sus amigos, y de sustituir esa ironía demoledora, que ha dejado de utilizar, por una agresividad contra el resto de la que hay que sacarla entre pataletas.

Ojala siga el ejemplo de Thomas de Quincey, su compatriota y compañero de abismos, que siendo uno de los helenistas más potentes del XIX escribió las Confesiones de un inglés comedor de opio, un libro al que parecía que no sobreviviría. Y vaya si lo hizo, logrando escribir cuarenta años más tarde su Suspiria de profundis.

Amy, Amy…, besos, muchos y feroces, como siempre.

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