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03/10/2008 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Pablo Sagastibelza

Muchas veces nos encontramos con personas que, amparadas en la tolerancia mal entendida y en el discurso políticamente correcto, afirman que jamás tratarían de convencer a nadie de que lo propio es lo bueno. Ya esto en si mismo es contradictorio: “debo convencer a todos de que no deben intentar convencer a nadie de que lo suyo es lo bueno”: lo bueno es mi idea. Quien ose discutirla debe ser tachado de retrógrado. Discurso circular, sin fin, relativista al tiempo que intolerante y, por supuesto, despegado de la realidad. Muy propio de la tradición ilustrada francesa, superado en parte en el país donde nació, y todavía pujante en esta Hispania nuestra. Así somos.

Un problema real que afecta a muchos. Es una búsqueda de la verdad del hombre y de lo que le rodea, de la propia identidad, que cada cual debe descubrir. El eterno conflicto sobre si la propia conciencia es suprema legisladora o si ésta debe guiarse por parámetros externos, objetivos, que se deben observar, pero no se pueden controlar ni diseñar. El conflicto de la libertad y la conciencia. ¿Puedo y debo hacer lo que se me ocurra en cualquier momento?, ¿quién decide si lo que hago es bueno o malo?, ¿yo o el consenso social?, ¿la opinión pública, lo que se dice, lo que se habla? ¿Todo me da igual? Si yo puedo hacer lo que quiera y esto es lo bueno, ¿qué impide que otros actúen así a pesar de que quizá entren en grave conflicto conmigo?, ¿la policía? Entonces, ¿el que juzga sobre lo bueno y lo malo es el hombre de la porra o del cañón de agua a presión?

Preguntas que entran en su tensión máxima ante el dolor y la muerte, porque son realidades que, por mucho que nos empeñemos, jamás podremos evitar y son definitivas. Todos mueren (o son muertos por otros, porque aborto y eutanasia, por ejemplo, son modos de intentar dominar la muerte, ser jueces del momento de la muerte sin conseguirlo), todos sufren. ¿Por qué morimos? ¿Por qué sufrimos? ¿Dónde está la respuesta a la muerte y al dolor? ¿Basta con resignarse o cerrar los ojos?

Evidentemente, todos llevamos dentro cosas mejorables, somos seres en continuo cambio personal, en acción y pensamiento continuos, con emociones, afectos, temperamento e inclinaciones. Y, de hecho, no podemos vivir solos. Somos seres sociales. Pocas veces se puede afirmar en absoluto y desde el mismo punto de vista que una cosa es buena y nada más, pero algo tiene que haber.

Sin caer en demagogias, todos -independientemente de credo o religión- podemos afirmar sin temor a error que debemos evitar en la medida de lo posible que haya personas que mueran de hambre, o que año tras año crezca la violencia machista con sus asesinatos anejos. Evita el mal y haz el bien parece una máxima moral básica, que se sustenta en algo objetivo distinto a mí mismo: si debo evitar el mal (aunque a veces me cueste) es porque hay algo malo a evitar; si debo hacer el bien cuantas veces pueda (aunque no lo consiga siempre) es porque hay algo bueno. Existen esos valores universales que queremos preservar, que son comunes a todos, pero al mismo tiempo están fuera de nosotros. ¿O es que alguno de los valores que se recogen en Declaración Universal de Derechos Humanos puede perder vigencia en unos años?, y ¿esos valores existen porque la ONU los inventa o existen porque ya estaban y la ONU los describe lo mejor que puede?

Son cuestiones interesantes para reflexionar teóricamente, pero sobre todo son muy interesantes para observarlas en la vida práctica. Qué lamentable espectáculo el de aquellos que se amparan en una supuesta tolerancia para poner a ‘caer de un burro’ al vecino, sin haberse preocupado siquiera de saber cómo se llama el vecino. Y esto no es juzgar intenciones, sino hechos. Son aquellos que se llaman objetivos, la Objetividad podríamos decir, porque su cámara de fotos es perfecta: es el discurso cerrado. No les cabe en la cabeza que su dedo tapa el objetivo o que la niebla oculta el paisaje.

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