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04/02/2010 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Pablo Sagastibelza

Poco antes de fin de año acabé de leer una novela maravillosa de Chaim Potok, Los elegidos. Narra con brillantez la amistad de dos chavales judíos inicialmente enemistados desde un partido de béisbol jugado a muerte. Es conmovedor meterse en las vidas de ambos, judíos practicantes, y comprobar cómo todo ser humano tiende por naturaleza a buscar la verdad. Bús-queda dura, que requiere de un alma fina, deseosa de no contentarse con lo que hay.

A mi juicio, todo buen libro debe provocar preguntas al lector, ponerle frente a las claves de su propia vida, hacerle disfrutar de una buena prosa al tiempo que pone en juego razón, voluntad y corazón. Y esto sin despreciar quizá otras lecturas que no van tan al fondo, pero que ayudan en determinados mo-mentos a descansar sin excesivo esfuerzo intelectual o emocional. Es evidente también que se edita mucha basura.

Animado por la lectura de Los elegidos me lancé a una segunda novela de Potok: La promesa, que cuenta la amistad de estos mismos chicos, Reuven y Danny, pasados los años de adolescencia.

Todavía estoy en esta lectura, que requiere sosiego para adentrarse frontalmente en las cuestiones hondas que plantea el autor. Una de ellas me ha llamado la atención de manera particular hasta el momento. Es una realidad universal, pero no por ello deja de provocar en el alma la necesidad de reflexionar: “hablar de él me ayudaba a aliviar el dolor de no tenerlo cerca”.

Cuando dos almas se encuentran y vierten una en la otra, y la otra en la una, sus sentimientos, los problemas, las bondades, las dudas, el amor, se crea un lazo de unión fortísimo que cuesta romper. No se trata sólo del enamoramiento entendido como sentimiento apasionado, o de una amistad fuerte, sino de un trasvase pleno y confiado de inteligencia y voluntad, de un sufrir y gozar juntos, de llevar las alegrías y las penas del otro como si fueran de uno mismo.

Potok plantea la lejanía de los amigos que han crecido juntos y se han apoyado vitalmente uno al otro con sinceridad y plenitud, pero que por circunstancias de la vida se ven abocados a vivir lejos el uno del otro. Es el dolor de la separación, cruel y duro como cualquier enfermedad, que ha sido tratado en miles de canciones y libros. Es la amistad que perdura a pesar del tiempo y la distancia, y que no sólo no mengua sino que se fortalece y crece robusta. Les recomiendo la lectura del libro porque, ¿quién no sufre el dolor de la amistad?

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