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08/02/2013 - Luis Miguel Boto Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El acuerdo necesario

En la película Sopa de ganso, protagonizada por los hermanos Marx, Chico le dice a Groucho que no puede firmar el contrato que le ha dado porque no sabe leer y le devuelve la pluma que su hermano le había prestado.

Groucho la coge y le dice que no pasa nada, porque la pluma no tenía tinta.

Hace escasas fechas, el jefe de la oposición, señor Rubalcaba, ofreció al Presidente del Gobierno un pacto nacional para llegar a acuerdos que nos saquen de la crisis. No está mal para aquel que en su día dio su plácet al pacto del Tinell (pacto que firmó el PSOE con IU y ERC a finales del año 2003 para no llegar en ningún caso, bajo ningún concepto, en ninguna circunstancia, a un pacto con el PP, tanto en la Generalidad como en las instituciones de ámbito estatal).

Kafka, en la lucha contra el resto del mundo, aconsejaba ponerse del lado del resto del mundo. Y no le faltaba razón. Por eso, nuestro país y por ende sus dirigentes, no pueden ir en contra de los que, nos guste o no, tienen la responsabilidades de gobierno.

Muchas veces las cosas no funcionan porque un país actúa como un mal equipo de fútbol, en el que las rivalidades personales y la falta de espíritu de equipo hacen que ningún jugador le pase la pelota a otro por miedo a que el segundo pueda meter un gol. O que gane unas elecciones.

Nos dicen que elijamos entre derecha e izquierda. Y yo digo que lo único que existe es arriba y abajo. Arriba, el hombre que se ha hecho a sí mismo, que ha luchado, que se ha labrado su futuro, que paga sus impuestos y que lo que busca es una mayor prosperidad para su familia. Abajo, el que es movido cual marioneta por los hilos del Estado, que compra con subvenciones la capacidad crítica de los individuos.

Hace un siglo un magistrado del Tribunal Supremo de USA declaró que los impuestos son el precio que pagamos por la civilización. En diez palabras cometió dos errores de bulto. En primer lugar los impuestos no son un precio. Es cierto que pagamos, pero estamos obligado a hacerlo y la cantidad que nos obligan. Por otra parte no tenemos civilización gracias al Estado, sino al revés. La existencia de la civilización y el progreso permiten que el Estado exista y crezca. Pero creo que todos somos conscientes de que hemos pasado la línea roja y que lo que hay que hacer es ajustar el tamaño y gasto del Estado, y para lograrlo el único camino es la vía de las reformas.

Pero no es lo mismo una reforma que una revolución. La diferencia son los medios, democráticos o revolucionarios, agitando las calles. El gobierno está a lo primero. Otros, a lo segundo. Y eso es inherentemente peligroso porque nuestros competidores están deseando que todo vaya un poco peor para comprar el país a saldo.

Por eso necesitamos que la oposición se aclare y diga qué modelo de país quiere desde el punto de vista económico y territorial.

Entre los que no saben leer y los que no tienen tinta en sus bolígrafos la sociedad sigue esperando.









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