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31/03/2008 - Víctor Córcoba Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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De un tiempo a esta parte, se nos sirve en bandeja el desplome como plato fuerte y los nervios los tengo a flor de piel. A poco que lo rechaces te dispensan otro más gigantesco, por si no te habías enterado. Total que la indigestión está servida. Lo cierto es que la realidad parece caerse sin vida en las vivas horas del tiempo. La atmósfera que se nos mete por los ojos es tan monstruosa que uno, más de una vez, ha pensado mudarse de mundo; porque, coincidirá conmigo, que son muchos los espantos que nos rodean. O al menos, que nos anuncian. En cualquier caso, no es ración de buen gusto caminar hacia al ocaso, degustar la desgarradora interrogación de hacia dónde vamos, y después de haber entregado el serrano cuerpo a los labios de los días, verse únicamente acompañado por soledad.  Uno ya no sabe si vive en el borde del vivir o la vida, definitivamente, se la ha robado el infierno de los poderosos.

Pasemos lista al desplome. Se desploman valores humanos y también las bolsas de las finanzas. Para aumentar la tempestad del dolor, crecen otras bolsas, las de la marginalidad. La persona ha dejado de ser protagonista. Que la referencia última de toda intervención económica sea el bien común y la satisfacción de las legítimas expectativas de todo ser humano, es una canción olvidada. Hace tiempo que la vida humana ha dejado de ser principio y fin de la economía. Por si este calvario es poco, alzas los ojos y te ciega la contaminación. Es como habitar viviendo, a golpe de segundos, la danza de la muerte. Ahora, la Unión Europea, vuelve a retomar la tonada del aire popular: "el uso de la energía renovable en cada país y establecerán objetivos que vincularán jurídicamente a los gobiernos. Se incentivará a los principales responsables de las emisiones de CO2 para que desarrollen tecnologías de producción no contaminantes". Ya veremos, ya veremos si las palabras no se las lleva el viento.

Descubierto que el desmoronamiento de principios éticos desquicia al ser humano, a la sociedad entera, habría que hacer algo por levantarlos. Que convivamos entre el desorden mundial, debe conducirnos a preguntarnos sobre qué tipo de orden puede reemplazar este desbarajuste. El orden es lo que da sosiego. Y en vista de lo visto, de que el planeta, incluso en su desorden, se está globalizando, bajo qué estéticas hay que convivir. Imagino nuevas formas de orden internacional que estuviesen de acuerdo con la dignidad humana. También sueño con nuevos fondos de orden humanístico, despuntando poesía en el pecho de la vida. La esperanza es lo último que se pierde. Un mundo enfermado por el desplome, antes que un político, necesita de un trovador que le haga tomar conciencia de los deberes humanos. Si por daños colaterales cae enfermo, tampoco le aconsejo acuda a las urgencias hospitalarias. Es más fácil encontrar una aguja en un pajar que no encontrarlas colapsadas. El desespero de la espera es otra ruina más. Entre caída y caída, el hundimiento de los servicios de salud tampoco iba a estar ausente. 

Mi consejo, (consejo para mi también),  en el caso de que la desesperanza le robe la siesta, es que vuelva a llamar a un cantor de verdades a su almohada. Sólo él puede hacerle caer en la cuenta de que todo ciudadano, al contacto con el amor de amar amor, se vuelve poeta. Precisamente de eso, de lúcidos manjares poéticos anda escaso el mundo. O lo que es lo mismo, de afecto poético para donarse a la autenticidad y, asimismo, de humanitario efecto para beber en cada aurora un verso de esperanza. 
 

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