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21/06/2016 - Juan Luis Posadas Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El fin del mérito

El franquismo, un régimen surgido de un levantamiento militar contra una República mal dirigida pero democrática, sustentado en centenares de miles de muertes (en ambos bandos), y mantenido mediante una represión atroz, tuvo al menos algo positivo: el triunfo de la llamada “meritocracia” en la Educación. En efecto, la Ley General de Educación en 1970, la conocida como “Ley Villar Palasí”, puso de manifiesto la creencia del Legislador en que una ley que entronizara el esfuerzo podría conseguir que aquellos que se esforzaran consiguieran el premio de la mejora en su posición social. Es decir, el triunfo del mérito propio sobre el privilegio del nacimiento. Al menos, eso se nos hizo creer a millones de españoles nacidos en hogares humildes: que si nos esforzábamos, estudiábamos y aprovechábamos la educación gratuita y obligatoria, y si pagábamos o conseguíamos beca para la educación no gratuita ni obligatoria, podríamos mejorar en nuestras vidas. En definitiva, que aunque hubiéramos nacido en el seno de una familia pobre obrera o campesina, podríamos ascender en la escala social hasta una situación “mejor”, como técnicos cualificados, profesionales independientes, funcionarios de cuello blanco, mandos intermedios o, incluso, “jefes” o empresarios de éxito.

Aunque los pedagogos y sociólogos han demostrado que la meritocracia tuvo y tiene un efecto limitado (un porcentaje de “movilidad social ascendente” reducido), es cierto que por ahora es el único método contrastado de ascenso social. Ninguna otra teoría posterior (y desde luego, no la “discriminación positiva” o la cultura de la subvención y la beca con base en la renta y no en el mérito), ha conseguido lo que consiguió aquella Ley (la de la EGB, el BUP y el COU): que toda una generación de hijos o nietos de obreros y campesinos tuviéramos la oportunidad de ascender en la escala social y llegar a puestos de responsabilidad en la sociedad.

Pero la educación para el mérito, entronizada por la Ley General de Educación, ha sido sustituida por la educación para la igualdad, representada por la LOGSE y sus epígonos, la LOE y la LOMCE. La clase magistral, la que daba un verdadero Maestro, un Magister (en latín, “el que más”), es denostada por legiones de pedagogos y psicólogos, para ser sustituida por una educación light que iguale a todos por abajo, que motive, divierta, instruya en las nuevas tecnologías, que haga que los jóvenes vean el mundo a través de una pantalla digital. Estos veinte años de “igualitarismo” han traído lo que tenemos ahora: una sociedad mediocre, gobernada por mediocres, con un tejido empresarial mediocre que busca el pelotazo y la cuenta de resultados anual, con un tejido ciudadano mediocre donde ni siquiera el machismo cainita contra mujeres y homosexuales ha sido eliminado, y con un tejido asociativo mediatizado por partidos y sindicatos. Qué decir de nuestros medios de “comunicación”, dominados por grupos cuasi monopolísticos que hacen y deshacen gobiernos, que destruyen partidos que les molesta o encumbran a grupúsculos que les ayudan a poner coto a quienes gobiernan. Y todo ello, adobado por televisiones que adormecen, embrutecen y son el nuevo opio del pueblo.

Mientras el mérito, el esfuerzo y el trabajo duro no vuelvan a regir nuestra Educación y nuestra Sociedad, seremos lo que somos: un país al que acuden los ociosos de Europa a beber gin-tonics y tomar el sol, y del que huyen los pocos que tienen talento y quieren progresar sin necesidad de becas ni subvenciones. Con su esfuerzo se construirán otras sociedades en el mundo, no la nuestra.









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