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04/10/2013 - Luis Miguel Boto Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Explicaba Hanna Arendt que aquellos que deciden participar en política lo hacían de modo semejante a los que se acercaban en otros tiempos a los Juegos Olímpicos y que podrían clasificarse en tres grupos: los participantes, los que iban a comprar o vender algo y los espectadores.

Estos últimos preferían ver y opinar a actuar, pero solo los primeros habían entrenado y habían sabido luchar para entrar en competición. Por supuesto, es una barrera permeable y todos si querían podían participar en el juego aunque podía suceder que quien es gran espectador, luego no es tan buen jugador, pero eso es harina de otro costal.

Sin embargo, la permeabilidad del sistema es lo que hace grande a la democracia. Una vez que alguien ha tomado la decisión de dar el paso y ser el representante de los ciudadanos todo se puede defender, pero sin que nada ni nadie incumpla la ley, aspecto que está por encima de todo. Está por encima incluso de lo que para un dirigente político, cuyo nombre sí recuerdo pero no quiero decir, estaba en el cenit de las obligaciones: se refería a la democracia.

Independientemente que seamos creyentes o no, la Biblia tiene pasajes que son perfectamente válidos para situaciones actuales. Cuenta que San Pablo en su predicación en Jerusalén suscitó un tumulto  y que estuvo a punto de ser linchado. En ese momento llegó un tribuno con sus soldados para poner orden y todos los presentes identificaron a Pablo como el causante de los disturbios.

En vista de esto, ordenó el tribuno que lo introdujesen en el cuartel, que lo azotasen y le diesen tormento a fin de conocer por qué causa gritaba así contra él. Cuando le estiraron para azotarle dijo Pablo al centurión que estaba presente: ¿os es lícito azotar a un romano sin haberle juzgado?

Al oír esto el centurión se fue al tribuno y se lo comunicó diciendo: ¿qué ibas a hacer? Porque este hombre es romano. El tribuno se acercó y le dijo: ¿eres tú romano? Él contestó afirmativamente. Al instante se apartaron de él los que iban a darle tormento y el mismo tribuno temió al saber que siendo romano le había encadenado. ¿No es impresionante comprobar como la fuerza y el poder, encarnados en las figuras del centurión y del tribuno se llenan de temor ante los derechos de ciudadanía? ¿No hemos perdido hoy en día el aprecio por nuestra civilización al perder los límites que el derecho pone al poder y la fuerza?

Mucho me temo que algo de esto nos esté pasando en algunos lugares de España. El tumulto puede ser numeroso y ruidoso, pero nunca podrá estar por encima de la ley.









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