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30/11/2007 - Jorge Bustos Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El pacto cósmico de Rodríguez
Jorge Bustos

Pepiño Blanco, que no va al gimnasio porque no quiere perder un solo minuto de leer a Al Gore, ha dicho que el cambio climático es el mayor desafío del siglo XXI. Caldera, otro titán del pensamiento, ha declarado que su programa estará lleno de medidas para combatir este mal tan nutricio para conferenciantes y publicistas políticos. Todo esto viene de que Rodríguez inauguró el otro día en La Moncloa unas pérgolas fotovoltaicas que puso allí Aznar. Si yo no supiera que Rodríguez es un hijo agradecido de la Madre Tierra, diría que es un cursi acabado: "un contrato del hombre con la naturaleza", dijo. Mientras que San Francisco de Asís cantaba su amor al Hermano Pájaro, Rodríguez emplaza al Hermano Ozono a firmar una alianza entre sus congéneres humanos y el cosmos anchuroso, que probablemente sea de izquierdas y anda dolido por las emisiones de dióxido de carbono que le infligimos los contribuyentes. El prometeo socialista traerá así, a partir de 2008, una nueva edad que no será de oro sino de éter claro y límpido como las lunas de un coche oficial.

La ventaja de pactar con la naturaleza es que luego ella misma se encarga de meter en vereda a ciertas aguas díscolas que le socavaban a uno las obras del AVE, por ejemplo. La desventaja, que igual tenemos que pagar todos alguna ecotasa en el futuro. ¿Es que ya hasta la atmósfera quiere cobrar por cubrirnos?, preguntará algún desavisado que no ha entendido el pacto cósmico de Rodríguez. Hombre, un impuesto es lo mínimo para apoyar la entente telúrica entre el PSOE y la tierra, toda una nueva cosmogonía hecha con progreso y oxígeno. La naturaleza es como los nacionalistas, no perdona nunca, y esto lo sabe muy bien el Gobierno, que nos anima a ahorrar toda la energía que podamos en nuestros hogares. Es de prever que la industria de velas y cirios experimente un incremento notable de su demanda, porque ya la sociedad clama en la calle por un cambio en el modelo energético. Cada quien se instalará una placa solar en la terraza o en el alféizar, de esas cuyo provecho energético alcanza para hacer girar las aspas de un alegre molinillo multicolor. Cuando Rodríguez despliega así los brazos para enquiciar el solemne tenor de sus pontificales sentencias, la conciencia de nuestra valiosa biodiversidad abruma a los españoles. ¿Quién, después de anegarse dulcemente en panteísmo al bajar un grado el termostato de la calefacción, pensará en el precio de los alimentos o en el embrutecimiento vergonzante de nuestro sistema educativo? Pepiño no, desde luego, que no por nada se ha quemado las pestañas leyendo de Humboldt en adelante, hasta llegar a Al Gore y Bernardo Soria, quien sueña con clonar un día a Rodríguez para que le vuelva a poner de ministro.

Lo único estratosférico aquí es la vacuidad que define cada discurso del presidente. Cuando habla, se le transparentan dos ruedas dentadas y un émbolo impulsando el laborioso runrún de la ocurrencia. Hay gente, mucha gente incluso, a la que le parece positivo y agradable que el máximo dirigente del país sea un menesteroso intelectual. Y la oposición es prácticamente lo mismo, aunque suelen tener más lecturas. Un Churchill o un Adenauer no obtendrían aquí ni mil votos, y eso habiendo salido antes vestidos de granjero o aborigen australiano en algún reality. Que la excelencia haya desertado de la clase política es penoso, pero que se afanen en componer poses -ya que no conceptos- circunspectas y metafísicas, da risa. Si Rodríguez hubiera vivido en los tiempos en que se creó el universo, se hubiera permitido hacerle al Creador dos o tres sugerencias. Qué tío.

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