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03/12/2008 - Juan Luis Sánchez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Juan Luis Sánchez

Al ser humano le fascina regresar a territorios conocidos donde puede moverse sobre seguro. Si vamos a un concierto de los Rollings queremos escuchar “Satisfaction”. Y en Navidad sería como si nos faltara algo si la abuela no nos recuerda que van a ser las últimas que va a estar con nosotros.

Por eso no se exprimen mucho el cerebro los guionistas de algunas series. ¿Para qué esforzarse por inventar cosas nuevas si el público pide lo mismo una y otra vez? Repetitivos eran, por ejemplo, aquellos entrañables episodios de El Equipo-A, serie patrocinada por la Asociación Nacional del Rifle, para reivindicar el derecho de los ciudadanos a formar un comando paramilitar y tomarse la justicia por su mano. Un centenar de episodios y todos igualitos.

1. Nunca faltaba la perorata inicial: “En 1972, cuatro de los mejores hombres del ejército americano que formaban un comando, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el Gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizás pueda contratarlos... El Equipo A.” Tan-ta-taaaaaaaaaan...

2. Un granjero superpaleto de Wisconsin sufre un asalto de un grupo de mafiosetes que le piden un porcentaje de los beneficios y amenazan con volver otro día. El granjero no puede pagarles, así que busca en las páginas amarillas al Equipo-A para contratar a los protagonistas. Curiosamente, cualquiera podía encontrarles en un santiamén menos el coronel, ése de la policía militar que llevaba años buscándoles y nunca da con ellos.

3. Fénix siempre se liaba con la enfermera mona del hospital psiquiátrico, mientras sus compañeros liberaban a Murdock. M.A. siempre decía que no viajaría en avión, pero sin embargo, después de quejarse siempre se bebía un zumito que le pasaban sus compañeros. Era incomprensible por qué nunca escarmentaba. Jamás se dio cuenta de que le ponían drogas en la bebida para dormirle y llevarle en avión. Para mí era todavía más misterioso el hecho de que cuando se despertara no les partiera la cara.

4. Los mafiosos vuelven a las tierras del granjero para quemarlas pero se encuentran con los tipos del Equipo-A que les corren a gorrazos. Los mafiosos iban tambaleándose a contárselo a su jefe, que blasfemaba en arameo y prometía que se vengaría. Fénix mientras tanto intimaba con la atractiva hija del granjero.

5. El jefe de los mafiosos ha reclutado a los malos más malísimos de la zona, que le ayudan a capturar a los protagonistas. En lugar de colgarlos de un pino, para que no den la lata, les encierra en un cobertizo, lleno de vigas, tubos, un soldador, una sierra mecánica y un viejo tractor. Hanníbal siempre decía ‘Las cosas están tan mal que sólo pueden mejorar’. Entonces los chicos se ponen manos a la obra a hacer bricolaje, y con todo el material convierten el tractor en un tanque acorazado, con el que escapan y vencen a los malos.

6. El coche de los malos siempre daba una vuelta de campana o explotaba, pero antes los ocupantes del vehículo habían conseguido saltar para no morir. Y es que la norma sagrada es que en El Equipo-A (tan-tataaaaaaam...) no moría nadie a pesar de que había ráfagas a mansalva de ametralladoras, granadas y tanques e incluso napalm.

7. Al final, Hannibal siempre le decía al granjero que no quería cobrarle el ‘trabajito’, que lo hacían en el fondo por amor al arte. Y siempre pronunciaba la frase ‘Me encanta que los planes salgan bien’.


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