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30/06/2009 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Víctor Vázquez

 

El asesinato de Eduardo Puelles en Arrigorriaga por parte de ETA me ha cogido leyendo el de Fernando Buesa, destrozado por una furgoneta bomba en Vitoria en la primera legislatura de Aznar. La casualidad hace que tenga que dejar El desquite, de Pedro J. Ramírez, y retomarlo un par de días después a la vez que enciendo la televisión y me encuentro con las imágenes de los funerales de Puelles. En el libro, la capilla ardiente de Buesa. En los periódicos, la reciente marcha de repulsa en Bilbao. En el libro, la que hubo antaño por la Castellana con cabecera de lujo: Felipe González, Calvo Sotelo, Adolfo Suárez, Aznar…

Deja vú. ¿Es que no hemos avanzado nada? Siempre metidos en el tiovivo del asesinato amparado en falsas ideologías -el que mata es asesino y el resto no es ni siquiera secundario- y buenas palabras de los políticos que casi inmediatamente se transforman en un no poder ponerse de acuerdo en lo básico y utilizarlo como arma arrojadiza a continuación ante la, como mínimo, decepción de las víctimas. Son las cosas de la practicidad electoral. Lo que realmente les interesa a todos es mantener el ranchito. Aunque suene duro: el muerto a la urna y el voto también.z

El PNV merece un aparte, siempre indecente en su punta de lanza, siempre tibio en momentos en los que, de tener un mínimo de ética, estarían obligados a dejar de lado esa demagogia endogámica y provinciana hasta el absurdo y llamar a las cosas por su crudo nombre. Arzalluz, impresentable por aquellos días con declaraciones del tipo: “Fernando Buesa era parte del paisaje político vasco”. E Ibarretxe, como buen sustituto, igualando lo que ni es parecido con aquello de “todos son víctimas” de cara a la galería -algo ya de por sí escandaloso- y aunque para él, en el fondo, las únicas personas que considera como tales son los encarcelados y sus familiares, a los que ha dejado bien apañados, antes de salir de la poltrona, amarrando el cheque-pedigrí de las ayudas.

Cada atentado, cada asesinato, parece por unas horas ser la gota que colma el vaso, el acicate para que, esta vez sí, cambiemos algo. El resultado, triste y vergonzoso, es que al cabo de un tiempo todo se convierte en estadística y lo leamos como quien lee que mañana suben las temperaturas. El muerto número X desde 19XX, el primer atentado desde hace X meses… El junio más caluroso desde…
El vaso no se colma, el vaso ha resultado ser un pozo negro voraz de aguas fecales que beben, para inspirarse, los huérfanos de espíritu, los analfabetos de alma que camuflan de idealismo infantil lo que es todo un negocio. Y sorprende la facilidad con que sube a algunas bocas la palabra democracia dejando a su alrededor el hálito ácido del vómito. Son bulímicos de democracia todos esos que se la tragan de atracón para vendernos motos y después en la intimidad se meten los dedos antes de que su cuerpo pueda digerirla. El vaso no se colmará mientras que el PNV, que a veces ayuda a Sísifo a descargar su gota por aquello de mantener las apariencias, no deje de beber sofocado por las noches.

 

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