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30/12/2010 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Ir a Coruña por Navidad supone todo un ejercicio de melancolía -y desdoblamiento- al tratar de imaginarme cómo sería mi vida si aún viviese aquí, si yo fuera aún el ‘otro’. Sé lo que perdería, pero nunca alcanzaré a adivinar lo que hubiera podido ganar. Me conformo con ser ese ‘otro’ absurdo durante unas horas, un ‘otro’ que me aburre soberanamente aunque le tenga cierto cariño, un ‘otro’ que me obliga además a escribir dilemas imbéciles de tamizado gordo: ganar, perder,…

Hoy he pasado por mi antigua casa, en la calle Juan Flórez, y desde la calle he podido ver un árbol navideño que iluminaba el salón. ¡Eso es la melancolía!, ese árbol que casi seguro está hecho de plástico es el símbolo para mí de lo que ha definido Ginés Liébana como “tristeza técnica”, esa “pena fina” dulcificada por el poso de felicidad de lo que un día ha sido y que nos roza con su sombra, a pesar de lo irrecuperable que supone la pérdida. Es por ello que la infancia sea la gran melancolía (Rilke, Unamuno, Umbral,…) y se desayune en forma de magdalena (Proust).

Hago tiempo, callejeando, a la espera de que abran la Fundación Luís Seoane para poder ver la exposición de Georges Perec: el escritor raro de la parisina Plaza de Saint-Sulpice, el escritor de las listas interminables.

No es cuestión de tentar a la humedad camuflada de frío y me meto en el Vecchio, un café por el que a veces se deja caer con su escritura el poeta César Antonio Molina que, al igual que Perec, tiene mucho de notario, quizá demasiado.
Me animo -o quizá sea mi ‘otro’- a escribir este artículo que, lo prometo, iba a ser sobre Rubalcaba, por lo menos hasta el momento en que me senté en una de las mesas. Me voy dispersando por las varias conversaciones de mi alrededor. Nada interesante. Prefiero poner música en mi IPOD e inventármelas.

A mi izquierda: un matrimonio joven con un niño feo -sale a la madre- acompañados de una amiga rancia y solterona que, siendo malvado, está viviendo lo más cercano que estará de la maternidad; en la siguiente mesa, una chica insípida con un niño que parece un intelectual francés en el cuerpo de un cartesiano que aún se rebela; y delante una pareja de hippies con un bebé que no les pega: parece robado en el barrio de Salamanca, o que se lo viste una de las abuelas. Con esto tengo para empezar mi teatrillo, y eso que iba a ser sobre Rubalcaba…

 

 









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