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12/07/2012 - Juan Luis Sánchez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Me llamó por teléfono una bella ragazza italiana a la que le tiro los tejos estos días cuando nuestras respectivas selecciones de fútbol se iban a enfrentar en la final de la Eurocopa. "No me importaría ver cómo Italia golea a España", exclamó. Quedé con ella en un local cercano a Malasaña para acompañar el triunfo del equipo de Cesare Prandelli con unas cervezas. Las italianas no difieren mucho de las españolas, pues también son ellas las que deciden dónde vamos a quedar.

Es menester animar a España, así que me pinto las mejillas con los colores de la bandera del país que supuestamente iba a perder. Cuando llego a la dirección que me había dado, noto algo extraño, pues había un bar, sí, pero estaban todas las luces apagadas, al menos de cara al exterior. Para mi sorpresa la puerta está abierta, así que entro tímidamente y descubro que está lleno de gente.

Tienen instalada una pantalla gigante donde se puede seguir el partido. Pero no escucho la voz de Manu Carreño y de Paco González. Hasta echo de menos a “gracias Sara”, quién lo iba a decir. En su lugar se oye a un locutor que comenta la jugada en la lengua de Italo Calvino. Tampoco aparece el logotipo de Telecinco, sustituido por el rótulo de Rai Sports.

Encuentro a la bambina rodeada de tipos que no son tan rojigualdos como yo, no, pues llevan pintada en la cara la bandera italiana. “Ciao, come stai trascorriendo questi giorni?”, me dice, y yo intento no llamar mucho la atención al responder. “Buongiorno principessa”, digo, rememorando La vida es bella, aunque es hora de usar la expresión “buona sera”. Me aclara que creía que no aparecería, "porque como matamos a un hincha español cuando nos eliminasteis en la edición anterior... Supongo que lo leerías en los periódicos. Una historia triste y lamentable”.

Y entonces en la tele, a Silva se le ocurre rematar de cabeza y meter un golazo. “¡Gol!”, grito entusiasmado. Pero entonces me doy cuenta de que soy el único que celebra la jugada, y trato de borrar la sonrisa de mi cara. Alguno me mira, pero con cara de “no hay problema, seguro que remontamos”. Y entonces va Jordi Alba y mete otro. Yo no puedo evitar saltar emocionado, pero esta vez omito gritar por si acaso.

Aún así, me observa con curiosidad un tipo clavado a Nanni Moretti. Me pongo serio. “Porca miseria!”, grito fingiendo estar un poco enojado. Silencio absoluto. Transcurren los minutos con caras cada vez más largas. La tensión crece. Yo rezo esperando que la cosa quede así, pero no, Torres tiene un buen día y anota (también es mala suerte). Intento acercarme un poco disimuladamente a la salida. Mientras, Juan Mata me mata con un cuarto gol (si es que hay días en que no salen las cosas). No sé si es el partido el que está sentenciado o lo estoy yo.

Después de eso, todos se dan la vuelta y se dirigen hacia mí. Pero no vienen a matarme como yo creía, sino que abandonan desanimados el lugar porque ya está todo el pescado vendido. Algunos al verme se ríen y me felicitan. “Congratulazione”, me repiten. Buena gente. La chica italiana me da la enhorabuena también y me dice que nos acerquemos a Cibeles, que habrá mucha alegría. Nos vamos hacia allí. España e Italia caminan de la mano.

j-lsanchez@estrenos21.com
juanluissanchez.blogspot.com









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