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05/01/2007 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Gaspi y la Catedral de Córdoba
Pablo Sagastibelza

Durante algún tiempo, nos hemos hartado de escuchar las denuncias de Gaspi Llamazares contra la injerencia de los obispos en lo que él llama política, es decir,  su discurso particular sobre lo que tendría que ser la separación entre el ámbito religioso -si es que existe-, y el social-político, como si los pobres hombres pudiéramos cortarnos en dos cuando pensamos o cuando actuamos. Vaya por delante que es muy libre de hacerlo, tanto como el resto de ciudadanos para criticarlo, sin que nadie se ofenda.

Afortunadamente, según van pasando los días, la vida pone a cada uno en su sitio, y Gaspi hace mucho que no aparecía en los medios de comunicación. En parte es una pena, porque como me decía un buen amigo "cada vez que este tío abre la boca, sube la Bolsa y es una gran oportunidad", y te partes de risa el esqueleto cuando lo escuchas. La verdad es que casi siempre sale en los periódicos cuando algún obispo dice o hace algo más o menos relevante. No sé qué haría Gaspi sin los obispos, que le permiten un montón de minutos mediáticos. ¿Tendrán un acuerdo bajo manga? Esto habría que investigarlo.

No pretendo hacer una reflexión a fondo sobre este tema tan interesante de la separación Iglesia-Estado, sino ceñirme a la última aparición pública de Gaspi con motivo de la Catedral de Córdoba, que -por cierto- ha provocado una nueva alza bursátil. Que los obispos no hablen de política, dice Gaspi, que yo voy a hablar de las cuestiones que les conciernen a ellos como me dé la gana. Es evidente que si la Catedral de Córdoba es católica o se convierte en mezquita musulmana o en un híbrido de unos con otros, no es tema que entre dentro de sus competencias. Además, a pesar de que usa constantemente giros pseudoeclesiásticos (¿será parte del acuerdo secreto con los obispos?), eso no quiere decir que sepa mucho del tema. Más bien, creo que de teología y diálogo interreligioso no sabe nada. Pero nos tiene acostumbrados a un discurso decimonónico ya ajadillo, un poquito casposo, exento de ideas interesantes, que con el tiempo pierde cada vez más fuerza. Ya digo, una pena para los inversores en bolsa, porque es tan aburrido que cada vez le ponen delante menos cámaras y micrófonos.

Seguro que a Gaspi no se le ha ocurrido sentarse a tomar un cafecito con Mansur Escudero, Presidente de la reivindicativa Junta Islámica, y pedirle que haga gestiones para que se abra una capilla católica en Riad, aunque sea pequeñita. El problema es que en Arabia Saudí no te dejan llevar en la maleta ni un libro del Evangelio, y es probable que a Mansur no le haga caso ni su padre. A Gaspi, dentro de su acuerdo secreto con los obispos, le ha dado por hablar de interconfesionalidad, de "instalaciones religiosas compartidas" (sic), de apertura, etc., etc. Quizá, no se le haya ocurrido recordar a Mansur que los musulmanes pueden ejercer sus cultos en España con total libertad, mientras que miles de cristianos lo tienen muy difícil en algunos países como Arabia Saudí y similares, aunque sólo quieran entrar en una mezquita para verla. El problema es que las varas de medir de Gaspi y Mansur no son las mismas según se trate de sus intereses o los del prójimo.

Sorpresas no pequeñas se llevaría Gaspi si Mansur fuera el jefe del cotarro catedralicio. Creo que no entraba en la mezquita ni haciendo voto de afeitarse su barba rala o enfundándose una chilaba de cuello a tobillo. Cuando el discurso es incoherente y vacío no hay manera de tomarse un cafecito juntos.

 

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