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07/10/2011 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Pablo Sagastibelza

En 2006 vivimos la polémica sobre una nueva asignatura que debían cursar nuestros niños en los colegios: Educación para la ciudadanía y los derechos humanos. De forma más o menos rimbombante se decía que el objetivo de la EpC era favorecer el desarrollo de personas libres e íntegras a través de la consolidación de la autoestima, la dignidad personal, la libertad y la responsabilidad y la formación de futuros ciudadanos con criterio propio, respetuosos, participativos y solidarios, que conozcan sus derechos, asuman sus deberes y desarrollen hábitos cívicos para que puedan ejercer la ciudadanía de forma eficaz y responsable.

Todo esto está muy bien desde el punto de vista teórico, pero ¿han conseguido nuestros maestros transmitir vitalmente alguna de estas ideas? Durante algunos meses hemos contemplado en las calles el fenómeno mal llamado de ‘los indignados’. Para indignación la de comerciantes, conductores, turistas y policías, entre otros muchos. Con la perspectiva del tiempo pasado, y sin la pasión encendida, podemos preguntarnos ¿es respetuoso y cívico llevar casi a la ruina a honrados y sufridos tenderos, que procuran abrir sus locales día tras día para ganarse el pan? ¿Es tener criterio propio el insulto gratuito y grosero a las personas que pretenden controlar de algún modo el desvarío de unos pocos que se hacen con la vía pública porque sí? ¿Es solidario acampar sin baños ni higiene alguna en mitad de la calle? ¿Es eficaz y responsable no pegar un palo al agua durante semanas?

Esos supuestos indignados son un fracaso de la educación para la ciudadanía. Si lo que quería el Gobierno era sembrar valores democráticos y de tolerancia, está claro que con algunos jóvenes está fracasando. Quizá lo que ocurra es que los supuestos indignados sean más bien de origen anarquista, es decir, personas a las que el sistema de democracia parlamentaria no les gusta en absoluto como forma de organización social. Pero ¿eso justificaría el desorden por el desorden? ¿Hasta qué punto hay que tolerar a quienes no toleran?

Botón de muestra del suspenso en ciudadanía son las imágenes de machotes indignados gritando e insultando a jóvenes que paseaban pacíficamente por las calles de Madrid durante la JMJ de agosto. Debe ser lo que la EpC llama “aproximación respetuosa a la diversidad”. ¿Realmente esas monjitas y adolescentes de las fotos eran los provocadores? ¿O más bien habría que preguntarse sobre el brillante papel provocador del indignado que subido a la estatua del oso y el madroño pretendía sodomizar al oso?

psagastibelza@gmail.com
 









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