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11/12/2009 - Víctor Núñez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Infierno de cobardes
Víctor Núñez

Dirigida y protagonizada en 1972 por Clint Eastwood el título de está película enorme bien podría titular la tragicomedia que nos ha tocado vivir en la sociedad española. No es que crea que deberíamos armarnos de un revolver y un winchester y liarnos a tiros ante los canallas, villanos y malandrines que nos chingan a diario la existencia. No, no es necesario. Me conformaría con que, simplemente, le echáramos un poco más de valor en este vida y denunciáramos a todo aquel granuja que se dedique a amargar la del prójimo. No hace falta ser un héroe, simplemente se trata de señalar con el dedo a los que no obren correctamente o llamar a la Policía. La de delitos que se evitarían y la de chorizos que no estarían en sus poltronas. 

Recuerdo cuando era un niño y hacía alguna pifia, rápidamente se asomaba a la ventana alguna maruja justiciera para recriminar lo mucho que estabas tocando los h… a los vecinos con el balón. ¿Quién no recuerda a aquel entrañable ancianito que, bastón en mano, nos amenazaba con molernos a estacazos si no dejábamos de gritar en la hora de la siesta?  En estos tiempos de espacios comunes, políticas correctas y la molicie del estómago agradecido hemos perdido la capacidad de indignación ante la inequidad. Salvo honrosas excepciones como las del profesor Neira, asistimos semana a semana a casos de mujeres maltratadas por sus parejas. Siempre me pregunto por qué ningún vecino a oído o visto algo. Incluso escuchamos a los vecinos afirmar sin sonrojo que parecía un hombre muy educado y buena persona. Sólo hay que vivir en una comunidad de vecinos para asistir estupefacto al silencio de los corderos cuando uno de ellos denuncia que un grupito de jóvenes bullangueros se ciscan en el descanso nocturno con la música a tope, por poner un ejemplo de las múltiples molestias que puede generar vivir en comunidad. El resto de vecinos, lejos de solidarizarse y de ponerse al lado de la víctima, piensan: "como a mi no me toca…" o "yo no digo nada a ver si me va a causar problemas". Mientras, lógicamente, los vecinos molestos siguen convirtiendo la finca en una discoteca valenciana. 

Lo mismo pasa con la corrupción. A mi me fascina que cuando salen casos como el Gürtel o Pretoria en Cataluña sean los jueces y la Policía los que tienen que intervenir porque, por supuesto, sus partidos no tenían ni idea de lo que allí pasaba. Siempre saldrá algún padre de la patria o algún correligionario del chorizo diciendo que "esto no debe empeñar la gran labor de servicio público que hacen la inmensa mayoría de los políticos". Y yo digo: ¿dónde estaba usted cuando esta cuadrilla estaba saqueando el erario público? ¿Dónde estaban el resto de concejales?, ¿las comisiones de control?, ¿el código ético del partido?, ¿y los contribuyentes? Seguramente tomando otra de gambas.

En fin, que el silencio es cómplice y que la cobardía de la mayoría es una invitación para que los malvados sigan pasándolo en grande. Así nos va.
 

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