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15/10/2008 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La cultura de la imagen nos ha llevado, por fin, de tan obcecados, a un mundo de espejos donde todo son reflejos de reflejos reflejándose -ad libitum sobre la última isla de Pedro Larrea-. La máscara lo invade todo y la realidad, esa gran desconocida en el mal llamado primer mundo occidental, tarado y blanquito, ha entrado como un borracho con ganas de marcha en una cristalería fina.

Dura fue la crisis de los ochenta en España con una reconversión industrial de cirujanos cortando a machete; pero más dura será ésta, pues no hay manera de cortar el humo ni de enderezar fantasmas. Todo es falso: los políticos nos venden su sonrisa y nada más, como prostitutas estrechas. Los concursos sirven para pagar favores de campaña. La ingeniería contable sirve para hacerle un butrón legal a las arcas públicas: Museo del Prado/Moneo, so-terramiento de la M-30 pasando de quinientos millones en proyecto al triple en la realidad. Y es que quien hace un proyecto realista no le chupa ni la cabeza a las gambas del ministerio.

La banca clásica se ha ido metiendo poco a poco en los terrenos fangosos de la banca especulativa viendo cómo todos se lo llevaban crudo. Se han hinchado artificialmente valores bursátiles sobrevalorando empresas cuyo valor real era un petardo. Se han blindado contratos hasta la indecencia y los mismos que compraron fundas de oro para los huevos, piden ahora ayuda a los gobiernos con la excusa de que es el conjunto de ciudadanos -y ahí llevan razón- el que las va a pasar canutas y a sopas de ajo. En definitiva, con este sistema cualquiera puede ser un tiburón de las finanzas, arriesgando los euros ajenos como pródigos en la timba de póquer; que si ganamos nos llevamos a la rubia en stock options, y si perdemos le lloramos al crupier del gobierno al que antes pedíamos barra libre de acción sin reglas.

Las hipotecas basura han originado una pandemia que sólo es posible parchear con un intervencionismo que también nos repercute negativamente: a elegir entre lo malo y lo peor; y sin que ninguno de los gestores sea ‘en-trullado’. Se han facilitado créditos cuando la lógica nos indicaba que no se podrían pagar, la gente ha comprado a cualquier precio hasta que la cosa reventó: la famosa burbuja inmobiliaria. Si no puedo pagar la casa, me la tengo que quitar de encima rápido y eso es bajando el precio de mercado. En Estados Unidos, con prestamos para perfil bajo donde el aval es la propia vivienda y con pocos años desde su concesión, resulta rentable dejar de pagar la casa aunque se tenga el dinero para ello y que se la quede el banco. El razonamiento ciudadano es que ahora por el mismo dinero me puedo comprar una casa mejor, o bien una igual por hasta un treinta por ciento menos. Lo omnívoro de los bancos ha provocado su empacho en bienes inmuebles imposibles de ser regurgitados a un mercado que ya no puede comprar al mismo ritmo, y cayendo a su vez todos esos fondos de inversión de trash bien compactado que tanto han colocado en la Europa miope que ha tragado sin saber lo que comía. El borracho se ha cargado los espejos que nos multiplicaban dejándonos en lo que de verdad somos: tísicos con anabolizantes.
 

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