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14/11/2012 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Jane Joyd en el Berlín

Ha tocado puerto el grupo Jane Joyd en el madrileño Café Berlín pocos días después de plantarse sin complejos en el puro alfiler de Londres para actuar en uno de los teatros de Leicester. Ha desembarcado Elba con todo su limbo de animales, como si de un arca de Noé pagana se tratara, para un concierto íntimo, lleno de pequeñas épicas y deshojado de músicos, dejando esta vez por el camino el bajo, violín, violoncelo y trompeta; en otoñiza de músicos que diría la también gallega Mariquiña Valle-Inclán.

Jane Joyd funciona, en su formato trío: Elba (voz y guitarra), Iago (piano) y Xulio (batería), como una calceta de texturas en crudo: no hay trampantojo posible. Son el núcleo duro del grupo, el ojo del hueso, la relojería con licencia para meter tenaza a la música por su justo medio e inyectar voltaje al espinazo en los momentos de tensión; como un diamante dado la vuelta.
Pero vayamos por partes: la voz de Elba ha sonado esta noche especialmente rotunda en potencias; quizá el secreto es que posea escondida una sala de calderas, hoy, con las turbinas a tope en alguno de los sótanos de su cuerpo. Despega en el escenario, afortunadamente sólo en el escenario, con la garganta en lanzallamas, arriesgando en los límites de la afinación pero sin perder quilla. Ganando la apuesta.

Iago es capaz de adelantar esa nota que intuye bisagra de emociones para después demorarla en el mismo fraseo y tener en vilo nervioso al oyente. Esas décimas de segundo son las que diferencian a un fuera de serie.

Xulio dirige las descargas eléctricas y consigue tantos matices con la batería, pasando de las baquetas a las mazas y de éstas a las escobillas dentro de un mismo tema, que no es necesario que haya más músicos sobre las tablas. Expande, sin duda, el instrumento más allá de lo convencional.

Ha retumbado por momentos el Café Berlín, como en un rebumbio a tres de anarquía controlada, cuando la música iba golpeando más y más hasta dejarnos empotrados en el respaldo del asiento. Y aquí llegamos al segundo de los secretos: el caballo ha podido galopar desbocado a pesar de no tener corazón –Heartless horse (The disappearing act).

Ad latere. Antes de entrar en la sala, me ha parecido ver, caminando muy pegado a la pared, al viejo librero Zaratustra –como lo he visto yo, siempre lo había imaginado-, aquel que compró por unas pocas pesetas los libros de Max Estrella y que tenía su cueva en la misma calle Jacometrezo hace aproximadamente unos cien años. ¡Maldito canalla el perro de Don Latino! Me ha palpitado la tentación de seguirlo a sabiendas de que la realidad hubiera dinamitado lo disparatado de mi imaginación.

barboletta2004@yahoo.es









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