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31/10/2007 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El jazz es la flor baudelariana de la música, la rosa rara y bella que surge pura del abismo sin que podamos saber la razón. Un jazzero puede ser un asesino, pero nunca será vulgar; todo lo contrario al estilo de programación de algunos festivales donde el reclamo comercial tiene poco que ver con el jazz. A ver qué nos depara Madrid para su festival de noviembre; pues este verano qué pintaba Elton John llevándoselo crudo, tocando sin fuerza, sin banda y con pistas grabadas. Por qué el reclamo en otro fue Jeff Beck con Al Green, aún siendo como es el señor Beck un guitarrista a la altura del mejor Clapton. La cosa está clara: le llamaremos jazz y traeremos a Metallica para hacer caja; algo así como el viejo chiste sobre Kenny G: el músico favorito de jazz para los que no les gusta el jazz.

En este pasado verano, adorador de otoños, con factura de lluvias y bochornos, se han cumplido diez años de la muerte de uno de nuestros maestros: Tete Montoliú, del que la familia agradeció, en esquela recordatoria, los múltiples homenajes medio secretos, por su poca repercusión y mucha sinceridad, en su honor. Se cumple también la década de mi primera visita al Clamores, donde el pianista catalán tocaba habitualmente, donde escuché muchas veces a Vlady Bas, a la Canal Street, a Pedro Iturralde poniendo la boca de su saxo contra la tapa abierta del piano y haciendo vibrar su cordaje como quien le sopla a un arpa de cristal, y donde me tomaba aquel rosado cocktail de champagne a doscientas pesetas.

He regresado al Clamores después de mucho tiempo -ya no vivo en Chamberí- para ver a Stanley Jordan, músico que revolucionó la guitarra en los ochenta con su afinación en cuartas y su técnica a dos manos, un virtuoso al que no se le ha olvidado la melodía a pesar de sus ráfagas de notas en fuga. Impresionante su versión del Eleonor Rigby de los Beatles, como impresionante verlo sentado al piano con la guitarra sobre las piernas tocando con una mano en cada instrumento.

¡Ay, Clamores! ¿Has tenido siempre ese olor a rancia humedad? Ya no recuerdo… Allí estaba el impresentable de su gestor, que sigue gastando esa melenilla trasera y rizada como un alopécico Lionel Richie, así como su pretendido humor sin gracia y una gran falta de respecto al ponerse a fumar a los cinco minutos de terminar el concierto, después de pedir, antes del mismo, como si fuéramos niños imbéciles, que no se hiciera hasta que el músico no se fuera del local, pues le afectaba mucho. Una vergüenza también es la mesa improvisada que nos dio después de haber cogido la reserva siete u ocho, pretendiendo encajonarnos la espalda contra una pared sin tener enfrente el concierto. Tan maleducado fue, que me recordó lo que una vez me comentó Sydney James Wingfield, enorme pianista de dos metros de blues, al respecto de un insulto, irreproducible, que se puso de moda en el Nueva Orleáns de hace muchos años.

Posdata: Se lo mandaré por carta a Germán, junto con este artículo.

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