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04/03/2009 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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No sé hasta qué punto la historia del ex ministro Bermejo habrá tenido que ver con la reciente victoria del PP en Galicia, pero -como bien señalaba el marqués de Laula en la Tercera de ABC el pasado domingo uno de marzo- flaco favor ha hecho a los cazadores.

No es de extrañar que algunas de las fotos exhibidas gracias a Bermejo -sangre, víctimas inocentes, sonrisas de plástico, atuendos de boutique de El Corte Inglés, vanidad a tutiplén…- repugnen un poco a quien ignora lo que hay detrás de un buen cazador. No obstante, pienso que sobre todo provoca rechazo que el mayor representante de la Ley en el país se pase la idem por el arco. Si encima aderezamos todo con instantáneas propias de ambientes de ricos, entonces la cosa se pone chunga.

Además de los muchos y muy buenos razonamientos del Marqués en el artículo citado, conviene saber que a los buenos cazadores nos gusta más el campo que otra cosa, y que nadie luchará y defenderá tanto a las especies como nosotros.

Es cierto que en la práctica moderna del arte venatorio, o más en general del arte cinegético, no faltan los trapaceros, los matarifes, los chulescos, los indocumentados, los cantamañanas, los frívolos y los irresponsables; y sobran aquellos a los que se les hace imposible seguir la perdiz por un sembrado embarrado, aunque sólo sea para verla volar, o los que tiemblan cuando se trata de subir una traviesa que ni las cabras osarían para poder llegar al puesto asignado. Todo eso es cierto, pero ¿hay algún sector, algún ambiente de esta sociedad en la que no existan los tales?

Ignoro, y en esto el Marqués de Laula podría darnos muchas lecciones, la historia de la caza, es decir, el modo cómo se cazaba unos cuantos cientos años atrás. Incluso, intuyo que poco tiene que ver la caza de hoy con la de hace cuarenta o cincuenta años. Quizá se haya deslabazado un poco, o un mucho. Recuerdo que siendo niño todo lo que rodeaba un día de caza era motivo de entusiasmo: las seis, siete u ocho horas en un coche, pequeño, lleno de gentes, que podría quedar tirado por el campo en cualquier lugar; las canciones de esas horas, la música, los juegos, los rezos. La casa que nos acogía, sin luz, sin agua caliente. La chimenea atestada de sarmientos chisporroteantes. El cielo plagado de estrellas. El silencio absoluto. La niebla de la mañana a nuestros pies, agarrada a los pantanos o a los ríos. Las largas horas en el campo, andando o parados, con frío, calor, agua o diluvio. Los planes previos, la estrategia. La belleza de los lances. El cansancio y, a veces, el miedo. Y al final, lo de menos siempre era el trofeo, era lo que menos importaba, aunque tampoco se despreciaba.

Digo que se ha deslabazado porque hoy todo es un poco más industrial, como la sociedad misma, como el mismo siglo XXI. Las distancias son más cortas, todo es más rápido. Difícilmente se encuentra un lugar sin luz y sin agua. Para eso hay que viajar a países lejanos, al alcance sólo de unos pocos. Sólo los que realmente aman la caza saben cómo cuidarla, y darle oportunidades, cómo hacer para que su sabor permanezca.

Desconozco si el ex ministro Bermejo ama la caza, pero flaco favor nos ha hecho a quienes sí la queremos, al menos de cara a la opinión pública. Para una renta media la caza es sacrificio, ahorrar en otras aficiones para concentrarse en esta; cuidar las armas, mimarlas; ajustar la cartuchería; no tirar cuando no se debe: no sólo cumplir, sino amar las normas por las que se rige el arte. Y de paso, apoyar un buen negocio que da de comer a muchos millares de almas, y regenerar el medio ambiente, prioridad absoluta de todo buen cazador.

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