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30/12/2009 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Sube como la espuma el porcentaje de políticos y periodistas impresentables. Defienden lo indefendible de su ranchito, sin ni siquiera mover el gesto, y atacan hasta lo dudosamente atacable del que tienen enfrente camuflados entre el falso idealismo y unas creencias firmes en las que no creen. Son marrulleros de acción con la entendedera sesgada; unos demagogos que utilizan la crispación, tan de moda últimamente, como herramienta política para manejar el rebaño de electores a su antojo. Cuestión de ritmos. Todos se acusan de crispar confesándose inocentes.
Ahora toca desviar la atención a cualquier tema secundario que exageraremos para que nadie mire lo que escondemos en la trastienda. Después, un par de cuchilladas dialécticas para encender al personal y que todos se arranquen los ojos. Todos al Coliseo. A falta de pan, bueno es el circo, y ciegos votarán mejor. Movilización. Cualquier polémica estúpida, un poco de dramatismo y un algo de pólvora televisiva es suficiente para revolucionar la siesta y el carajillo de todo el país mientras la crisis nos devora las piernas.

Desconfíen de los infalibles que se bautizan candorosamente con las aguas de la objetividad -o la fe- antes de sentenciar sin rubor sobre cualquier tema. Ay, esos salomones con orejeras… Desconfíen de los mercenarios siempre barriendo hacia la dirección en la que tienen la poltrona (p.ej. Montilla: el anti/pro-Estatut). Desconfíen de los pesebristas que defienden la opción que está en el poder en cada momento (p.ej. Fraga: franquista con Franco, demócrata con la Democracia, Obamista declarado en el siglo XXI y con alguna que otra camisa azul mahón en los armarios del pasado). Desconfíen de aquellos que no son capaces de ver un éxito en el contrincante cuando éste se produce o de reconocer un error propio (aquí los pueden meter a todos...). Y desconfíen, cómo no, de los maleables que bajo el escudo de que la objetividad no existe hablan de “su verdad” aún cuando entrelíneas se lee “su interés” (aquí los nacionalistas son expertos).

La prueba del algodón para un periodista, válida también para el político a la hora de valorar una buena idea de otro partido o la auto-crítica respecto al propio, es que dentro de una misma legislatura haya defendido y criticado tanto al Gobierno como a la oposición, según el caso. A partir de ahí, podemos empezar a hablar. 

Se me olvidaba: desconfíen de mí, por supuesto.
 

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