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11/12/2009 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El cambio climático vuelve a la palestra. Se está celebrando la Cumbre de Copenhague (7-18 diciembre) con la parafernalia mediática y política habitual. Miles de millones de dólares en juego, todo un pastel por repartir. Incluso parece que el Premio Nóbel de la Paz electo, Barack Obama, se paseará por allí, seguramente para celebrar el nuevo envío de tropas militares a Afganistán (suyas y de los demás; también españolas porque a ZP se le ha pasado la fiebre).

En Copenhague, políticos, científicos, economistas y activistas se disponen a discutir las medidas contra el calentamiento global y las eternas emisiones de CO2 desde el mentado Protocolo de Kyoto. Lástima que algunos estudios digan que la temperatura de la tierra ha dejado de subir y permanece estable desde comienzos del siglo XXI.

En este periódico ya se ha escrito sobre el alarmismo inmoderado, pero siguen llegando mensajes de alerta sobre lo que se calentará la tierra si no se toman medidas drásticas. Y a pocos días de repartir el pastel en Copenhague, los impactos crecen y crecen hasta ocupar todo el espacio mediático, las subvenciones están en juego, y muchos puestos de trabajo también.

Es cierto que los trabajos de científicos razonables han avalado el convencimiento de que la actividad humana está contribuyendo al calentamiento del planeta. Por ejemplo, basta con seguir las informaciones meteorológicas en España de los últimos meses. Pero la investigación también confirma que las predicciones más catastróficas, que son las que ocupan los titulares, no gozan del mismo consenso y en muchos casos resultan bastante improbables. Para ejemplo, un botón: durante treinta años (1970-2000), la temperatura de la tierra creció una media de 0,7 grados. Sin embargo, desde 1999, la temperatura media ha subido 0,006 grados en toda la década, es decir, prácticamente nada. Para explicar este estancamiento, que nadie había previsto, algunos aducen una menor actividad solar (casi nada). Otros, las variaciones cíclicas de las condiciones de los océanos, especialmente las aguas profundas del Pacífico (casi nada). En definitiva, como dice Jochem Marotzke, director del Max Planck Institut de Meteorología de Hamburgo: "No se puede negar que esta es una de las cuestiones más controvertidas en la comunidad científica. Realmente no sabemos por qué está ocurriendo ahora".

Y, si ellos no lo saben, ¿quién lo sabe? Desde luego, no los políticos, que se visten de lo políticamente correcto con ocasión y sin ella.

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