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04/09/2008 - Daniel Vela Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La generación X española
Daniel Vela

Empieza otro curso: se nos va el moreno en un santiamén, rutina diaria, el otoño gris de hojas caídas, la vuelta al cole o a la universidad… y con ello vuelvo a dar gracias a todos los educadores que hacen posible que nuestros hijos estén haciendo algo útil mientras el resto de la sociedad puede producir. Y no es porque yo sea profesor, que lo soy, sino porque son más necesarios que nunca, son uno de los pilares de la sociedad y va siendo hora de que los consideremos como tales. Aunque alguno me podrá decir: corruptio optima pessima; o lo que es lo mismo: los profesores de ahora están desmotivados y desnortados y eso es lo que transmiten a sus alumnos. Pero hay apoyar a este gremio sufrido y minusvalorado, principalmente a los que mantienen su ilusión y vocación docente, porque los hay y siempre los habrá.

Mi caso es algo distinto, porque me dedico a la universidad. Doy clase en primero de Periodismo, y por lo que está viniendo cada año me imagino lo que puede ser un aula de primero de Bachillerato o cuarto de la ESO. Los últimos años está llegando un tipo de alumno que yo denominaría la “Generación X española”: generación apática, gregaria, generación del desencanto, desmoralizada en los dos sentidos: sin motivación y sin una moral que sostenga el resto de sus intereses. Falta de moral -en sentido amplio-: muchos de ellos no tienen una referencia en quien mirarse, un modelo a quien seguir. La universidad de antes tenía como principal objetivo abrir la mente del muchacho ofreciéndole universalidad. Hoy, en la aldea global en la que nos encontramos, el objetivo es ofrecerles verdades, posibles caminos, seguridades; frente al panorama de dudas e incertidumbres en que se encuentran.

Son los jóvenes de los pantalones caídos. Hace años, aquel que iba enseñando los calzoncillos por la calle o era un indigente -un homeless se dice ahora- o era un degenerado. Esta forma de vestir les está definiendo. En parte, está motivada por esa rebeldía comprensible en la etapa juvenil, pero también es producto de un rechazo a la sociedad capitalista que no les da respuestas a sus interrogantes. Es como si estuvieran diciendo: yo no quiero ser como vosotros, no quiero convertirme en un yuppie. En definitiva, y aquí viene lo más importante del argumento, es un prototipo que hemos creado nosotros con nuestra competitividad, con nuestro rechazo a tantos valores de antaño, con el modelo capitalista que presentamos. No les hemos exigido como nos exigieron nuestros padres: con firmeza y con cariño. Y vuelvo a decir que estoy generalizando. Sólo con el paso de los años sabremos si ese joven llevaba los pantalones caídos por moda o porque no encajaba en la sociedad en la que estaba. Se verá si le hemos dado los recursos para salir adelante y tendrá los valores -o virtudes, me atrevo a decir- necesarios para abrirse camino. Ojalá algunos de estos jóvenes sean los encargados de cambiar los puntos de referencia de la sociedad, proponiendo menos competitividad y más humanidad.

 

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