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29/08/2016 - Juan Luis Posadas Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La Iglesia siempre abierta

Hace treinta años entré en la asociación de antiguos alumnos escolapios de Madrid, tras mi paso por el Colegio Calasancio. En dicha asociación entablé amistad con muchos ex alumnos del colegio escolapio de San Antón, en la calle Fuencarral. Fue una pena, un misterio, y quizá un dislate, el abandono, venta y descuido del edificio del colegio por parte de la Orden Escolapia y del Ayuntamiento de Madrid. Muchos de aquellos ex alumnos se lamentaban de la desaparición de un colegio que había hecho tanto por los niños de clase media y baja de los barrios populares de Chueca y Malasaña.

A pesar de aquellos hechos, que a muchos no nos gustaron y de los que quizá algún día se sepa cuánto costaron a los madrileños, el padre Villar mantuvo viva la llama de la fe en la iglesia anexa de San Antón. Durante casi dos décadas, dicho padre siguió custodiando la copia de La última comunión de San José de Calasanz, de Goya (el original lo guardaron los escolapios en la sede Provincial de la calle Gaztambide), y siguió bendiciendo a las mascotas cada 17 de enero, festividad de San Antón.

Gracias a Dios, lo que mal empieza a veces termina bien. El año pasado, la iglesia de San Antón fue cedida a los beneméritos Mensajeros de la Paz, del padre Ángel. Atentos a la petición del Papa de que las iglesias siempre estén abiertas para que ningún alma necesitada encuentre las puertas de los templos cerradas (cosa que ocurre muy frecuentemente), Mensajeros de la Paz mantienen la iglesia abierta las 24 horas del día, todos los días del año.
Dentro de San Antón, decenas de carteles transmiten la Palabra de Dios traducida al lenguaje universal del amor fraterno, de la Caridad, de la solidaridad. Los cepillos están abiertos, con mensajes para que demos si nos sobra y cojamos si nos falta. Las nuevas tecnologías ofrecen wifi gratuito, conexiones en directo con el Vaticano, imágenes religiosas. Los cuadros y estatuas están explicados en un lenguaje llano y comprensible que invita a la reflexión y la oración. Me emocionaron especialmente los carteles que ilustraban las estaciones del Vía Crucis, representando a enfermos de Sida, presos, personas sin hogar, hambrientos. Es decir, a aquellos a los que Jesús dedicó las Bienaventuranzas, y de los que tantas veces nos olvidamos en nuestras oraciones, para pedir por nuestras mezquinas ambiciones y vacuas querencias.

En San Antón hay múltiples voluntarios ayudando a las personas sin hogar, atendiendo al que necesita, o escuchando al que nadie quiere oír. Tuve la fortuna de visitar el templo entre semana, en agosto, a las 11 de la mañana, y había gente, había personas orando, y recé para que el ejemplo de San Antón, de Mensajeros de la Paz, y del Padre Ángel cundiera, y otras iglesias, otras parroquias se pongan las pilas para acoger y no para rechazar.

Esa es la Iglesia que necesitamos, la que nos abre las puertas y nos llena el alma. Bendito sea el Padre Ángel y benditos sean los Mensajeros de la Paz.









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