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31/08/2007 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Hoy vamos a ponernos exquisitos. O al menos es lo que pensará una mayoría equivocada con nosotros: la inmensa minoría juanramoniana. La ópera cumple cuatro siglos en estas fechas: todo un centenariazo, que diríamos en adaptación del antañazo creado por Umbral. Digo por estas fechas porque mientras que para algunos la fecha bautismal es la de su primera aproximación florentina con Eurídice en el 1600, para otros es la del inmortal Monte-verdi con su Orfeo en 1607.

La ópera es exquisita por bella. Po-pular y de masas fue en Venecia, claro que ésta no es una ciudad al uso y en ella hasta el vulgo tiene un algo de aristocrático y terrible; o por lo menos lo tenía antes de que -no-sotros- las hordas de turistas la banalizaran. Aún recuerdo a aquellos estúpidos norteamericanos que pretendían pagarnos para que nos hiciéramos una foto con ellos cuando, después de casarme en el Palazzo Cavalli, caminábamos atravesando San Marco para llegar a la Chiesa della Pietà y dejar, bajo su Tiépolo y los ecos del Vivaldi que allí tocaba, un ramo de flores.

Hoy en día se está haciendo un intento para popularizar la ópera que ha alcanzado hasta a la fasciculitis de los periódicos y la pantalla grande al aire libre. El error de algo tan noble viene del intento de hacerlo a través de la escenografía: la dictadura de la imagen. Se relaja la partitura, lo secundario se convierte en lo primordial y la escena ya no está a las órdenes de la obra: todo se adapta a la teatralidad. Seré un maniático.

La verdad es que compro distintas versiones de aquellas partituras que ya tengo muy trilladas para ver sus variaciones de interpretación, que a veces son como enormes precipicios. La Traviata de El País: María Callas en Turín en el 53, colección ilustrada por ese pedazo de artista que es Ana Juan, es muy distinta de la misma Traviata y la misma Callas grabada en Lisboa en el 58. A veces el abismo es terrible, y no por la calidad del intérprete, sino por la lectura tan distinta que se hace de la partitura convirtiendo la misma obra en algo sublime o en algo que está bien sin más. Claro que cuando escuchas al que da en el clavo -siempre subjetivo-; del otro, te olvidas. Pasa con las piezas del sablista Satie: en su punto con Reinbert de Leeuw y ligeramente aceleradas -y crispantes comparando con la anterior versión- las de Pascal Rogé. Pasa también con el complejo Paganini y su concierto número tres para violín: vibrante en el frotado de Henryk Szeryng y lineal con Salvatore Accardo. En ambos casos tiene más fuerza la interpretación de un no compatriota del compositor frente a la de alguien, en teoría, más cercano. Será válida en estos casos la teoría de cucharada y paso atrás de los pintores, la necesidad de cierta distancia para ver la torre en su totalidad que venía a decir Nietzsche, o a lo mejor es algo tan simple como la necesidad de acercarse a la obra sin un exceso de respeto que acaba coartando la frescura interpretativa.

 

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