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17/11/2009 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Pablo Sagastibelza

Aunque de entrada no sea tema agradable, es inevitable que al comienzo del mes de noviembre pensemos en la muerte. Es el mes dedicado al recuerdo de los difuntos. Además, en mi caso particular, otras circunstancias hacen que esta realidad inevitable se haga aún más evidente. Hace dos días estuve acompañando a un amigo en el velatorio de su madre; hace seis consolando a otro por el mismo motivo; también ayer me avisaron del empeoramiento de un familiar que ha cumplido ya más de ochenta primaveras.

Junto a todo esto, tres de los últimos libros que he leído plantean de una forma u otra el término de la vida. El primero lo hacía con crudeza, directamente. Casi doscientas páginas de un observador impotente ante el horror de la guerra y el sufrimiento. El segundo, la historia de dos amigos judíos y sus padres, y el modo en que vive su fe cada uno de ellos. El tercero, novela negra, un detective no excesivamente mayor, pero a punto de jubilarse, que hace balance de lo que ha sido y de lo que le queda, de la huella que ha dejado en su entorno y los anhelos que le han movido a actuar.

Negar lo evidente nunca es buena política, y menos si trata de algo que nos atañe tan en directo. Nada es más cierto que todos hemos de morir, nos guste o no pensar en ello. Antes de comenzar a redactar estas líneas, recordé que ya otros años por estas fechas había escrito sobre lo mismo. Pero ¿puede llegar a ser excesivamente repetitivo hablar sobre algo tan importante como la muerte, que es la realidad más real que nos rodea día tras día?

Para salir del desierto lo prioritario es darse cuenta de que uno está en él. Engañarse en este asunto sirve de poco. Meter la cabeza debajo del ala, como el avestruz, no es solución para nada. Lo mejor, a  mi juicio, es resolver cuanto antes el sentido de la muerte.

Cualquiera de los protagonistas de los libros antes mencionados puede servirnos. Todos tienen en común que abordan el tema, ponen todos los medios para encontrar respuestas, y sacan conclusiones para su vida práctica diaria. De entre los tres, hay dos que no tienen fe. Sin embargo, coinciden en darle al hombre una gran dignidad, y por eso procuran cuidarlo hasta el final de sus días. Ambos tienen arraigado profundamente el sentido del bien y del mal, de lo que es bueno hacer y de lo que es necesario evitar. Miran con preocupación -y cierto desprecio- a quienes se comportan con violencia -siempre irracional e inhumana- o buscando ávidamente el placer efímero como anestesia vital. Son dos hombres que miran a la muerte de frente y, aunque no puedan responder a la pregunta, son admirables por el tesón que ponen en buscarla. Esa búsqueda les lleva a servir a sus semejantes y a conocer con certeza las teclas que deben tocar para ser felices. Al final, la muerte es el problema de la felicidad.

Para los hermanos judíos -y esto vale para todos los que creen en Dios- las circunstancias de sufrimiento y limitación humana -también las positivas y alentadoras- son idénticas que para los anteriores, pero el enfoque es algo diverso. Saben que todo lo que hagan o dejen de hacer en servicio de ellos mismos y de sus próximos tiene sentido en la medida en que, después de la muerte, el modo de resolver su paso por la tierra resuelve su situación en el más allá.

En definitiva, parece que para estos la seguridad consiste en que serán felices en el cielo si saben ser felices en la tierra, si saben disfrutar de todo lo humano sabiendo que tienen un espectador divino. Para los cristianos, además, ese espectador es tremendamente cercano que espera con los brazos abiertos.

Periodista
psagasti@nueve.org

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