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08/02/2013 - David Ortega Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Lo que la realidad enseña

Puede que no sea lo primero que salte a la vista del trabajo de un político, pero estoy convencido de que andar con los ojos y los oídos bien abiertos es parte de su labor diaria, especialmente si hablamos de un concejal. Queremos transformar la realidad, pero para eso lo primero es conocerla. Suena obvio, pero sin embargo ¿hasta qué punto estamos al pie de la calle, nos enfrentemos a una realidad semejante a la de esas personas a las que pedimos su confianza, su voto?

Personalmente tengo suerte, en parte por decisiones personales, en parte por las circunstancias. Viajo en transporte público, en bici o andando, y nadie se preocupa en embellecerme la realidad, limpiando los sitios que voy a visitar o preparando a la persona que me va a recibir sobre qué me puede decir o no. No me rodean periodistas y cámaras de televisión, con su consiguiente efecto sobre la reacción de las personas con las que me cruzo.

Últimamente he tomado la costumbre de dedicar las mañanas de los viernes a recorrer, con algún colaborador y gente del partido, barrios muy concretos de Madrid para conocer pequeños problemas a los que, me temo, nadie con poder hace demasiado caso. Lo que me cuentan no es nada extraordinario, pero sí muy instructivo. El encargado del polideportivo te comenta cuánto cuesta cambiar el césped artificial del campo de fútbol, y también tiene una opinión muy clara, formada tras décadas de trabajo, sobre quién y por qué debería tener las competencias del deporte en la ciudad de Madrid. Luego paseas por un parque cercano, acompañado por algún vocal vecino, que te señala zonas tomadas por las cacas de perro, y al rato una madre te comenta que a veces las canchas de baloncesto son copadas por desaprensivos que pretender cobrar por el uso de algo que es de todos. Al rato, y tras por comprobar el mal estado de un carril bici, reparas en uno de esos contenedores de ropa usada que, al parecer, no son lo que parecen, sino el rápido negocio de unos caraduras. Probablemente nada que el lector no conozca, sí, pero también realidades que no se ven desde un despacho. Hay quien recuerda a un político que en la inauguración de una estación de metro, no tenía ni idea de por dónde meter el billete de entrada que alguien le había entregado.

La política municipal tiene que tener vuelo, altura, ambición, sí. Hay que pensar en grandes proyectos, en captar inversiones, en la globalización, en los flujos migratorios, ser capaz de imaginar qué será Madrid dentro de veinte años y cómo queremos prepararnos. Pero también hay que cuidar la letra pequeña, el pequeño arreglo que mejora el día a día del vecino, pensar en lo que no está en los periódicos pero sí es esencial. Eso vende mucho menos, y probablemente por eso los gobernantes no lo tienen muy en cuenta. Necesitamos poesía para hablar de esta gran ciudad, pero no nos podemos olvidar de la prosa, aunque en el despacho se esté muy cómodo.   









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