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05/02/2007 - Pablo de Santiago Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Maldito Gibson
Pablo de Santiago

A pesar de ser un borracho racista y un fundamentalista religioso…"; "…su vida privada, salpicada de alcoholismo y ultracatolicismo homófobo…"; "más vale que cierres los ojos ante algunas imágenes horripilantes…"; "…una característica manera de escenificar la violencia que roza el sadismo…".

Ay, qué pesadez. Me agota. Confieso que alucino ante la cantidad de simplicidades que los voceros de la mediocridad y los patanes del tópico se dedican a distribuir por ahí a diestro y siniestro, a repetir como un mantra, como loros de un oráculo bufonesco manipulado por Mr. Idiota. Puede ser que algunos ni siquiera piensen lo que dicen (esto es lo más triste), y simplemente se sumen a la corriente. Lo dicen los demás, pues yo también lo digo, no vaya a ser que me quede atrás. Tan sólo hay que repetir unas palabras mágicas y ya está. Es fácil, se repiten. Vamos. Quizá al principio les dé corte, pero ¡venga, hombre!, ¡atrévete!…. Uff, a ver… "homófobo", "ultracatólico", "racista", "sádico". ¡Anda!, pues qué fácil, me ha salido sin tartamudear: homófobo, ultracatólico, racista, sádico. Me gusta cómo suena. Homófobo-ultracatólico-racista-sádico. Ya está. ¡Y no me ha salido un herpes! Incluso ahora mis colegas me miran con mayor respeto y recelo. Que tengan cuidado conmigo. Soy un tío peligroso. Me he convertido en uno de los elegidos, he sido incluido entre los creadores de la cultura, soy un líder de la progresía de la excelencia. Ya soy un intelectual.

Que conste que las frases recogidas en el primer párrafo están entresacadas de las críticas de Apocalypto publicadas en los tres principales periódicos de este país. Está claro que los medios de comunicación han encontrado un filón en Mel Gibson. Porque visto lo que aguantó por La Pasión de Cristo, no hay duda de que puede cargar con cualquier apelativo. La única condición es que sea políticamente incorrecto. De hecho, me he sorprendido al no leer entre las críticas palabras como maltratador, intolerante, capitalista, machista, abandonador de perros o enemigo de la alianza de civilizaciones. Qué raro..., ¿será que hay gente peor que él en el mundo? Y cuando oigo lo de que es violento, me entra la risa al recordar películas como Reservoir Dogs, Funny Games, Saw, Hostel, La matanza de Texas, El laberinto del fauno y mil más. Pero cuando ya me parto el bazo es cuando se le acusa de que ha mostrado a un pueblo maya salvaje y cruel. Es como si un residente actual de la Via del Corso, en Roma, pusiera un pleito a Ridley Scott por haber mostrado a los romanos como asesinos en el Coliseo de Gladiator.

Soy culpable de que Mel Gibson me caiga bien. Lo siento. Me cae bien un tipo que hace La Pasión de Cristo y aguanta -sin despotricar de la imbecilidad del prójimo, que ya tiene mérito-, toda la mierda que le echan encima. Me encanta que se haya forrado y que eso les reconcoma las entrañas a tantos pobrecitos llenos de prejuicios. Me encanta que un tipo que comete un error, que se emborracha y dice una tontería, pida perdón en público y no se justifique. Joder, me encanta que le traiga al pairo lo políticamente correcto y tenga convicciones arraigadas y agallas para decir lo que piensa. Y sobre todo me gusta que un tipo así sea un cineasta como la copa de un pino. Porque, no nos engañemos, lo que escuece a sus detractores es que tenga talento, que haga un cine espectacular, que hable de héroes, de virtudes, de Dios, y que sea capaz de crear aventuras que uno creía imposibles de contemplar. Pura envidia.
 

 

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