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30/10/2009 - Víctor Vázquez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Barack Obama: Nobel de la Paz. Y sus matices. Los suecos: yes, we can. La opción del cambio, las ganas de que algo cambie, de que alguien dirija un cambio que no sabemos ni por dónde empezar. Perdidos.

Puede ser que haya influido -seguro- el imán mediático del presidente estadounidense, algo que desde Kennedy -dicen- no se recuerda; con la diferencia de que ahora estamos en un mundo de comunicación globalizada e instantánea que todo lo radicaliza: la luna o el abismo. Le ha tocado luna.

Obama encandila a Zetapé, y a las hijas de Zetapé, a Sarkozy, deshiela a Merkel y a Medvedev -con el mosqueo de Putin- y llena de orgullo África. A la contra, un Bush escondido en su rancho tejano con Palin congelando sus hipocresías en Alaska y Esperanza Aguirre -la condesa-chica Telva de la Comunidad de Madrid- diciendo que ella volvería a apoyar a McCain. Y no nos olvidemos de Camps con su vena de fan adolescente palpitando en busca de foto con el presidente motown y grammy para Valencia.

Los matices. ¿Nobel de la Paz o Nobel de la esperanza? No sería la primera vez, y recordamos aquel compartido de Arafat con Peres y Rabin por una paz palestino-israelí que nunca llegó. ¿Candidez o practicidad? Quiero pensar en esto último, en que sea un aportar granitos de arena para que algo salga bien de una puñetera vez, en que sea tirar la pelota al tejado de la Casa Blanca diciendo: Vale, te creemos, ahora te toca a ti pasar a la acción, hacer algo gordo mientras todos miramos. Una manera de recargar las baterías de la voz de la conciencia de Obama, de que su vida política se atreva a volar un poco más lejos.

Pero, ¿se puede dar el Nobel de la Paz al presidente de un país donde está vigente en muchos de sus estados la pena de muerte? Por muchas atrocidades que se hayan cometido, nunca debería admitirse el asesinato institucional; llamemos a las cosas por su nombre: el que mata es un asesino aunque se ampare en la legalidad vigente y aunque la responsabilidad se diluya en la sociedad, entre sus ciudadanos. Toca por persona un porcentaje tan ínfimo de cada asesinato que ni nos afecta. Y debería. Si no recuerdo mal -y no lo hago- Estados Unidos pasó de dar indulto a un candidato a Nobel de la Paz. Inyección letal en San Quintín. Quién se negó a firmarlo: el clembuterado Arnold. Sayonara baby…

¿Se puede dar el Nobel de la Paz al presidente de un país que aún no ha cerrado Guantánamo, aunque esté en ello? ¿Se puede dar un Nobel por un proyecto y no por un realidad, esto es, por un hecho excepcional validado y contrastado? De nuevo la cultura de la imagen. Qué pasaría si presentarámos un proyecto serio para encontrar la cura del cáncer o para poder tele-transportar materia. ¿Nos darían el Nobel sin cuajar nada, por la mera ilusión del objetivo?

CODA: “El narcisismo como solidaridad. Me pasa a veces. Creo que lloro por una causa justa y sólo es por darme importancia”. Arcadi Espada. Diarios 2004.

Escritor
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