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15/01/2008 - Jorge Bustos Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Obama y los partidos españoles
Jorge Bustos

La negritud de Obama es un concepto discutido y discutible. ¿Tendría las mismas posibilidades que el moreno senador un tipo que fuese tan negro como Diarra? La tez de Obama, en cambio, ofrece una tonalidad mate, moderadamente fosca, una negritud de consenso, diríamos. No es noche cerrada, es más bien un atardecer, un crepúsculo cutáneo. Hay checos -y checas- más oscuros que el aspirante demócrata, por no contar a Zaplana. Si Obama tiene su negritud descafeinada, Hillary tiene sus lágrimas -incluso sus cuernos- como arma electoral. En esta decadencia global de las ideas políticas, sin duda son dos recursos mucho más eficientes que el balbuceo sentimental de Rodríguez o el conceptismo bizqueante de Rajoy.

Cuando los españoles posan sus ojos y sus prejuicios sobre la campaña electoral americana, no entienden nada. ¿Cómo pueden reivindicarse en público los líderes del mismo partido? Son ganas de confundir. Un demócrata español -aún deben pasar unos años para que esta expresión deje de ser un oxímoron- no puede imaginar a Gallardón, Aguirre y Rajoy girando por toda España con mítines que piden su investidura en detrimento de la del compañero. Esto mismo es más difícil aún en el PSOE, porque Rodríguez ha acometido una purga silenciosa de hipotéticos rivales internos y sobre sus cabezas cortadas ha situado a Pepiño, que no es susceptible de llegar a ser nunca una cabeza. Un español, acostumbrado al secuestro piramidal de su soberanía en que consiste la disciplina partidaria, no sabría qué hacer ante una situación tan plural. Lo más probable es que el pueblo, aturdido ante la proliferación de opciones, se quedara en casa. Y entonces un candidato con el 15% de los sufragios gobernaría este bendito país, y aún diría que representa la voluntad popular y que lo que él quiere lo quiere el pueblo, y estas necedades que expelen quienes dirigen al Congreso la misma fe primaria que un apache chiricahua a su tótem. La pluralidad no es una cualidad española. Lo que preferimos es un mando visible y un corporativismo protector. ¿Quién manda aquí? Y luego: ¿Es de los nuestros y si no de quién? Estas son las preguntas nacionales y necesitamos respuestas diáfanas, nada de matices. Lo que en España se entiende bien es un mando designado por otro mando, un paciente que no hace cola porque su prima es enfermera, una multa que se quita porque se tiene un amigo munipa, y así. Esto no es causa ninguna de escándalo. "¿Por qué han ascendido a Pérez?" "Es que su hijo ha formalizado con la nena del de arriba". "Ah, claro", respondemos. Lógico. Rige aquí el dogma del escalafón, y se respeta.

Pero hay más. Ni Obama es un Rodríguez mulato ni Giuliani un Rajoy desbarbado. Ni los republicanos son la derecha plúmbea ni los demócratas el socialismo reblandecido. Es aquí donde las esperanzas de comprensión del llano observador ibérico naufragan definitivamente. Porque en EE.UU. los demócratas pueden ser católicos y los republicanos mormones. Los demócratas defendían los privilegios de los blancos sobre los negros hasta la llegada de Kennedy y Johnson. Es posible incluso que todo esto lo sepan Eva Hache y otros politólogos que educan a la masa televisiva ibérica. ¿Para qué vamos a molestarnos en conocer si Eva Hache puede forjar nuestras adhesiones ideológicas por nosotros?, deben de pensar sus televidentes.

Servidumbre y maniqueísmo son la música que nos sirven los partidos españoles. Sus afiliados aprenden a callar y a adular desde que ingresan, seducidos por la promesa de un club de amiguetes pijos o alternativos -según-, y no tardan en olvidar, si lo tuvieron alguna vez, cualquier otro género de motivación. Si encima cae algún cargo, para qué queremos más. Del partido hasta la muerte. Aunque tu compañera sea una golfa y tu jefe un incapaz. Y así nos va.

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