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03/04/2007 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Desde hace años, los partidos políticos de todos los colores preparan las citas electorales con bastante antelación al día de las urnas. No me refiero al teórico cumplimiento de los programas a lo largo de años, como forma remota de acudir al plebiscito popular, sino a las acciones -u omisiones- propias de un período electoral, que duran no sólo el mes anterior al día H, sino unos cuantos más… con el tostonazo que eso supone. Es una tortura que no cesa a la que los ciudadanos nos vemos sometidos periódicamente, aunque se inventen fórmulas para hacerla más llevadera como el show-interrogatorio televisivo "popular" a los candidatos.

Por mi parte, he hecho el propósito de leer en prensa y ver en la televisión lo imprescindible sobre la lid política de estos meses, es decir, casi nada y, desde luego, mítines ni uno. Me aburre, me enfada la capacidad que tienen unos y otros de decir sandeces y bobadas con tal de arañar el voto de los torpes, o de apuntalar el de los incondicionales. Son agotadores. Planean sobre nosotros los futuribles, las promesas imposibles, las sonrisas de plástico y las machadas, quizá los insultos o tácticas bastardas de sacar ahora a la luz la mierda almacenada durante meses con paciencia de escarabajo. Todo esto es una forma de llamar imbéciles a los ciudadanos. Básicamente, se destruye y no se aporta nada positivo.

Debería existir una especie de Ley o similar por la que un cuerpo de notarios diera fe de lo dicho en estos meses, y luego tuviera capacidad de examinar y sancionar a los impostores, a los profetas profesionales de desgracias -si gana el contrario- o paraísos -si es el colega de partido el que se lleva el gato al agua-.

Con esto no quiero animar al lector a no acudir a las urnas, o a menospreciar a los políticos. Nada más lejos. Por mi parte, desde que tengo la edad mínima, siempre he acudido a todas las consultas populares, sea la que fuere: elecciones locales, regionales, al Parlamento Europeo, etc. Pienso que hay que participar, pero con responsabilidad, sin dejarse arrastrar por eslóganes baratos y efímeros, o dejarse cautivar por unas pocas fotos de candidatos inaugurando obras o acariciando enfermos. Es más, creo que quien a estas alturas de legislatura no tenga decidido el voto, más vale que se abstenga por irresponsable. Después de cuatro años de ver y oír todos los días lo que pasa en un lugar u otro ya es hora de tener el juicio formado con bases sólidas.

Votar requiere reflexión, pensar un poco, echar la vista a un lado y otro con la menor pasión posible, y decidir. La política es cosa de los políticos, pero todos participamos. Es difícil que un partido o unos candidatos nos gusten al cien por cien, pero debemos intentar ir más allá del propio bolsillo y también plantearnos cómo van las cosas en sanidad, infraestructuras, trabajo, inmigración, tono político, terrorismo, etc., etc. Quien descalifica globalmente una situación o a unas personas, pienso que se descalifica a si mismo. La tortura a la que nos someten no debe llevarnos a la ira contra los promotores, sino a intentar poner las cosas en su sitio prescindiendo del circo mediático, que tanto dinero mueve. Quizá, sería interesante transmitir a los políticos que nuestra decisión ya está tomada según lo que han hecho y dicho en estos tres años, y que sus paseos por mercados y calles no cambiará el voto que se merecen, o no se merecen.

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