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05/12/2012 - Luis Miguel Boto Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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¿Qué debo hacer?

Cuando un político tiene que tomar decisiones se enfrenta, al menos, a uno de los tres dilemas que formuló Kant como resumen de su pensamiento filosófico, a saber: ¿Qué debo hacer? La contestación no es fácil, pues varía en función del tiempo, del espacio, de la situación económica y, al menos teóricamente, en función de la ideología política.

Actualmente, a diferencia de hace tan solo unas décadas, el representante político debe actuar como moderador entre los intereses de los diferentes intereses y grupos sociales que existen en una sociedad abierta. Por eso los primeros Presidentes de nuestra democracia eran más independientes en su toma de decisiones (v.g. Aznar y Felipe González) y los más recientes se mueven según directrices externos e intentando congeniar los diferentes intereses (territoriales, económicos, sociales…) pero con unos resultados que se les imponen de antemano. Bruselas dixit.

Al igual que en el ámbito científico lo fundamental es siempre la distinción verdadero no verdadero, y que dentro del ámbito de la economía lo primordial es la diferencia tener o no tener,  en política la clave está en que te den la razón  o que no te la den (que no significa necesariamente tenerla). Otra cosa sería saber quiénes son los legitimados para dar o quitar razones: los ciudadanos o sus “representantes”.  Las relaciones entre los diferentes grupos e intereses de una sociedad son muy complicadas y, de hecho, es difícil, por ejemplo, que en el mundo del arte, basado en gran parte en percepciones subjetivas sobre la belleza, los criterios sean aceptados por un economista. No digo nada en el tema de la prensa cuyo sistema es vender mucho o vender poco.

Hecha esta introducción, me encuentro con la suficiente razón para poder defender la actual política sanitaria que el gobierno del Partido Popular está llevando a cabo en la Comunidad de Madrid.

En primer lugar, bajo mi punto de vista, hay que fijar, en  cualquier situación conflictiva, si son las actitudes del personal las que deben decidir cualquier servicio o sus clientes, pues el resultado final beneficiará a los primeros en detrimento de los segundos. Lógica pura y aceptada por cualquiera que entienda un mínimo la condición humana.

En segundo lugar, el tipo de gestión que se está imponiendo en la sanidad madrileña ya tiene estudios empíricos que arrojan resultados clínicos y de satisfacción superiores a la media (hospitales de Valdemoro, Torrejón y Rey Juan Carlos en Móstoles) donde ni uno solo de sus vecinos ha pedido irse a otro hospital. Tal mal no les irá.

En tercer lugar, no se puede reprochar a un gobierno que ha construido doce hospitales y setenta y siete centros de salud en ocho años que está en contra de la sanidad pública. Y hospitales y centros de salud públicos.

En cuarto y último. Cambiar el modelo de gestión no es cambiar la titularidad de nuestros centros de salud y de nuestros hospitales que seguirán siendo públicos y gratuitos.

Y, en cualquier caso, termino por donde empecé. Un gobierno debe actuar con diligencia y buscando el interés del ciudadano. Son los ciudadanos los que deben decir si están de acuerdo o no con un modelo de gestión que ya está implantado en algunos hospitales y que no ha recibido contestación por su parte. Tenemos la obligación de hacerlo extensivo porque cualitativamente ese modelo se ha demostrado que no es peor que el actual. Y mucho más barato.

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