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11/04/2011 - Víctor Córcoba Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El más internacional actor español, Antonio Banderas, ha proclamado el pregón de Semana Santa como el más sublime género poético, donde se enhebran los sentimientos más profundos que nos sustentan. Lo ha hecho en su propio país (España), en su Andalucía del alma, y en los mil amores de su tierra natal (Málaga), a corazón abierto, dejándose conducir por los latidos más níveos que le cautivan y por los abecedarios de la belleza, que es una cualidad más interior que exterior de la persona. Pregonó claro y profundo su pasión cofrade y propuso seguir sus pasos, porque nada grande se ha hecho en el mundo sin un gran entusiasmo: "Vengo a fundirme con mi gente, a ocultarme bajo un capirote y ser un átomo y célula de un pueblo al que pertenezco y quiero". En el fondo, todos hemos venido a pregonar las excelencias de lo que somos y a vivir el asombro de nuestras hazañas.

Para fundirse con la gente hay que activar la reconciliación. El mundo necesita refundirse de humanidad, poner de moda la fiesta del encuentro, la vuelta a los viajes interiores. Pregonemos, sea Semana Santa o la fiesta del amor, tanto da que da lo mismo, que la esencia de saber vivir parte de un corazón abierto. Banderas es el prototipo de ese espíritu franco, popular, campechano. Ya se sabe que nuestras habitaciones íntimas esconden versos irrepetibles que se injertan a la existencia con la emoción de un niño que empieza a hablar. En cualquier caso, la peor prisión siempre será un cuerpo cerrado, encerrado en sí, que no siente nada por nada, ni por nadie. Que fluya, pues, la emoción, que fluya y confluya, que nos mueva y conmueva. Las emociones más intensas siempre humanizan. No se le pongan grilletes cuando algo nos agita; no en vano, el reposo absoluto es la muerte. Las sacudidas son como las mareas, precisas y preciosas para concebir que en la mar también hay vida. En la tierra, los humanos, también nos hace falta tomar gnosis y vibrar con las miradas, para ver lejos de nuestro propio egoísmo.
 
Banderas dice que se oculta bajo un capirote. Ciertamente, hay lágrimas que uno necesita verterlas para sí; emociones que uno requiere meditarlas y verlas mar adentro. Somos pasión y las hay tan fuertes, que nos transforman. Ciertamente, la pasión dolorosa del Señor Jesús causa conmoción hasta en los corazones más duros. Puede ser un buen referente, sin duda lo será, para transformarse en la primavera del espíritu, del espíritu de la concordia, que es lo que nos hace unirnos. Como dice el proverbio africano, "la unión en el rebaño obliga al león a acostarse con hambre". Ya está bien de genocidios, de guerras inútiles, de violencia en cada esquina del mundo. Hay que apasionarse por la paz, emocionarse con la paz, creerse la paz y pregonar a los cuatro vientos que el ser humano es verdaderamente grande sólo cuando obra a impulso de la verdad. Para conseguirlo debemos poner más corazón en las manos y, si se quiere, un capirote que nos despierte la pasión, que nos haga reflexionar en este mundo de prisas.
 
Debemos sacar tiempo para meditar nuestra propia pasión. Hacerlo todos los días, todas las personas, será un gran avance humanitario. Nadie puede librarse, tenemos la responsabilidad de tender la mano y de pregonar la cultura de la armonía. Basta de discordancias. Por otra parte, sólo en un mundo de seres humanos sinceros es posible la unión. Banderas no aspira a ser más que un átomo y célula de un pueblo al que pertenece y quiere de corazón, toda una expresión de amor y de conciencia moral. Sólo se pueden comprender y entender estos actos de devoción, dentro del contexto de encuentro con el Creador y con las gentes. Cualquier momento es bueno para reconocer nuestra debilidad, para revisarnos y renovarnos interiormente, para caminar en camino todos con todos.
 
A mi juicio, hoy más que nunca, se requieren palabras salidas del alma, capaces de empapar la tierra como si fuese la lluvia. Estoy, pues, a favor de que crezcan los pregones, sobre todo aquellos que acentúan la caricia en las personas. Vengan los pregoneros de versos, cuyas palabras no se las lleva el viento. El mejor regalo que podemos ofrecerle a uno de los nuestros, de nuestro linaje, es nuestra escucha, nuestra atención. Banderas emocionó a la multitud pregonando para todos, fuesen o no creyentes, centrándose en el ser humano y abrazándose a la multitud. Lo hizo con el sentimiento de quien cultiva un jardín para todos, bajo la cátedra de Miguel de Unamuno de que "hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento". Hablaron sus labios, perdón, habló su corazón y el corazón de las gentes respondió a su llamada. Expresó grandes cosas con sencillas palabras y dijo las justas y precisas.
 
Las buenas obras son las que engrandecen nuestras palabras. Banderas es coherente con su pasión. De ahí germina la emoción, de los sentimientos del alma, que van más allá de las palabras. La alegría de compartir, de entender y comprender, de saber mirar, es el más perfecto don de la naturaleza. Por ello, quizás sea el momento de preguntarse, cada uno consigo mismo, ¿por qué no hemos experimentado aún el gozo de reconocer un error, admitirlo y pedir perdón a quien hemos ofendido? Humana cosa es tener compasión unos de otros, también de los que no tienen clemencia de nadie. Sin duda, un buen propósito para que siga fluyendo la emoción entre la ciudadanía. Qué bueno sería hacer realidad la idea Aristotélica de que los ciudadanos practicasen entre sí la amistad para que no tuviese nadie necesidad de la justicia.
 
 

 









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