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05/11/2008 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Pablo Sagastibelza

A lo largo de las últimas semanas hemos presenciado la ruptura del pacto político entre el PP y UPN (Unión del Pueblo Navarro). Revuelo mediático incluido. Como se sabe, el motivo formal de la desunión ha sido el apoyo de uno de los congresistas de UPN a los Presupuestos Generales propuestos por el PSOE para el próximo año. El partido navarro había dado consignas de abstención o apoyo directo al PSOE en contra de lo que el PP había indicado a sus diputados. Según el pacto firmado, y de manera sintética, el PP dejaba de existir en Navarra a condición, entre otras cosas, de que los diputados de UPN le apoyasen en la Cámara Alta. Esto no se ha cumplido, el pacto se ha roto.

La situación es compleja, y difícilmente se puede pensar que unos tienen toda la razón y otros nada. Como en toda negociación política los intereses y situaciones reales de hecho son muy articuladas. El resultado final -en este caso, la ruptura- no es un hecho aislado, sino más bien una consecuencia con múltiples causas.

Para intentar comprender lo que ocurre es importante intentar situarse en un punto de vista no exclusivamente centralista, por decirlo de algún modo. Se trata de una relación entre partidos relativamente parecidos, pero al mismo tiempo diversos.

La situación de UPN en Navarra es comprometida. Después de las últimas elecciones ha quedado en minoría respecto al ‘rodillo’ de izquierdas, que venía aplicándose en otras Comunidades Autó-nomas de manera sistemática. Sólo la necesidad de incorporar a la izquierda abertzale al supuesto tripartito navarro paró en seco la pretensión socialista de gobernar en Navarra, gracias a una intervención directa de Madrid sobre sus compañeros forales. Parece que esta acción política se debió a la mala imagen, y consecuente pérdida de votos, que el PSOE podía haber dado al resto de simpatizantes en España, especialmente a los dudosos. Los socialistas prefirieron una crisis interna en Navarra  -con dimisiones incluidas- a una victoria efímera con trascendencia nacional.

Desde entonces, UPN se ha visto obligado a hacer su propia reflexión política. Para vencer en las próximas elecciones parece necesario captar el voto de los socialistas, o los no votantes más moderados, es decir, los que pueden cambiar su sufragio dependiendo de las circunstancias sociales y económicas menos ideológicas. Es de cajón que jamás votará a UPN la gran mayoría del socialismo y la izquierda radical, como le ocurre al PP en el resto del territorio nacional. Para conseguirlo sólo cabe una moderación del discurso, y poner el acento en el progreso de Navarra en las cuestiones cotidianas que afectan sólo a los navarros. Si esto debía haberse hecho con más tiento y oportunidad es asunto relacionado, pero de otro debate. Es razonable pensar que las negociaciones podrían haberse desarrollado con más cabeza, sin necesidad de romper un pacto que ha dado buenos resultados electorales. Es casi seguro que ambos partidos son responsables del pobre espectáculo ofrecido.

Por otro lado, tendremos que esperar a los próximos comicios al Parlamento Foral para saber quién tenía razón, Sanz o Rajoy. Lo que parece claro es que ambos están condenados a entenderse. Sanz porque le interesa tener un aliado fuerte en Madrid que le ayude con las políticas de más calado (infraestructuras, etc.); Rajoy porque aunque el medio millón de habitantes de Navarra sea objetivamente poco importante en el conjunto nacional, no puede permitirse el lujo de seguir sin entenderse con los partidos nacionalistas.

Se ha roto el pacto, se vuelve a la situación de hace unos años. En este tiempo, la realidad política navarra ha cambiado y quizá esa unión era más perjudicial que beneficiosa. El tiempo dirá si ambos partidos han sabido ser inteligentes o entre los dos han puesto a Navarra a los pies de los caballos.

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