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09/01/2017 - Enrique Redondo de Lope Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Sherlock Holmes y Houdini; el espiritismo frente a la magia

Si hay un detective en la historia de la literatura que haya destacado por su raciocinio, su hábil uso de la observación, su razonamiento deductivo y el uso de una aplastante lógica ese fue sin duda Sherlock Holmes. Frio, cerebral, amante de la química y con un gran conocimiento científico, fue protagonista de más de 60 relatos, fue la más reconocida creación de su autor (y uno de los personajes literarios más famosos de la literatura británica) el escoces Arthur Conan Doyle. Coetáneo a Conan Doyle (y amigo personal del escocés durante gran parte de su vida) fue Erik Weisz, que más tarde sería mundialmente conocido como Harry Houdini, “El Gran Houdini”, el más famoso escapista de la historia del ilusionismo. Un “tramposo” en el mejor sentido de la palabra, en su concepción más teatral del espectáculo y la ficción, el mago que salto más allá de los escenarios para convertirse en un verdadero fenómeno social. Y curiosamente si algo unió a Conan Doyle y a Houdini, fue el interés desmedido por las ciencias ocultas, convirtiéndose ambos en unos verdaderos obsesionados por los fenómenos paranormales y en especial por el espiritismo. Cierto que a priori nada puede parecer más alejado del espiritismo y las ciencias ocultas que un brillante  investigador (y por mimetismo literario, su creador) así como un ilusionista profesional, profundo conocedor de los trucos que se llevan a cabo en los diferentes escenarios para confundir y engañar a los crédulos espectadores. Y es que, pese al dicho, si bien la realidad no siempre es superada por la ficción, muchas veces sí que es capaz de explicarla. Porque tanto Houdini como Sherlock Holmes, son artificios, personajes de ficción, muy diferentes en creencias y convicciones a sus creadores. Y es que, aunque de manera antagónica, tanto Sir Arthur como Houdini fueron verdaderos estudiosos del espiritismo, pero mientras Conan Doyle fue un creyente convencido, el ilusionista dedicó gran parte de su vida a desenmascarar a los supuestos médiums que contactaban con el más allá.

Julio de 1922; tras una exitosa gira de conferencias Sir Arthur Conan Doyle aterriza en Nueva York, donde se reuniría con Houdini, y tras ser invitado por el mago a una conferencia en The Society of American Magicians (donde se desmontaban los trucos más habituales de los médiums), Conan invito a Houdini a una sesión de espiritismo, asegurando el autor escocés que Harry podría contactar son su madre. Y es que hacía poco tiempo que Houdini había entrado en los circuitos espiritistas con la esperanza de contactar con su progenitora, fallecida recientemente y a la que adoraba. Conan y el famoso escapista se habían conocido durante un viaje que realizó Houdini a las Islas Británicas en 1920, surgiendo a raíz de ese encuentro una franca amistad. Durante su primer encuentro Sir Arthur le contó a Houdini que había contactado con su hijo fallecido en varias ocasiones, lo que empujo al mago a contarle que le gustaría profundizar en ese apasionante mundo del espiritismo con la esperanza de contactar con su madre. Conan acompañara a Houdini a diversas sesiones, una de ellas con Eva Carriére, una médium de origen francés muy controvertida por los insinuaciones eróticas que incluía en sus sesiones, y donde un fluido pegajoso brotaba por su boca y otros orificios de su cuerpo (lo que se conocía como ectoplasma). Houdini, no se vio nada impresionado con este hecho, llegándolo a calificar en un libro que escribiría semanas más tarde como “los movimientos precisos de un prestidigitador”, y asegurando que el referido ectoplasma estaba confeccionado con papel maché. Curiosamente el ectoplasma era uno de los argumentos preferidos por Sir Arthur para la defensa de los fenómenos paranormales.

Así, cuando comienza la sesión espiritista en New Jersey con Conan y su mujer, Houdini pese a mostrase esperanzado no podía evitar desconfiar de esa forma de contactar con los muertos. Arthur Conan Doyle y Harry Houdini serán guiados por la esposa del escritor,  la médium Jean Leckie. Jean invoca a los espíritus;  poco a poco su rostro comienza a desencajarse y su voz alcanza extrañas tonalidades. De súbito, la medium empieza a escribir, concentrada, como manteniéndose al margen de lo que la rodea. Parece en trance, absorta en su tarea. Una vez finalizada la carta la cual Sir Arthur entrega a Houdini, Jean se desploma, agotada. La “remitente” es la madre del ilusionista, y en la misiva aconseja y da fuerzas a su hijo, y de una manera realmente maternal le cuenta como esta de orgullosa de sus éxitos. Houdini se levanta de la mesa, enfurecido. “Esta carta está redactada en inglés, y mi madre jamás supo decir una palabra en este idioma, solo hablaba húngaro”. Tanto Conan Doyle como su esposa intentan tranquilizar a Houdini, explicándole que los fallecidos adquieren conocimientos que no tenían en vida. “Ah, por cierto, mi madre jamás me llamo Harry; ese solo es mi nombre artístico. Para ella siempre fui Erik”. Y para colmo una cruz encabezaba el mensaje, siendo su familia de religión judía. El mago abandona la casa desairado, quizás más molesto que dolido. Todo ha sido una farsa. Es el fin de una amistad, y desde ese momento, Houdini dedicará todos sus esfuerzos y energia a desenmascarar a los espiritistas, a los que considerará un fraude y un peligro.

Y es que cuando en Marzo de 1848 las hermanas Kate y Maggie Fox comenzaron a decir a  sus padres que no paraban de oir una serie de extraños ruidos y vibraciones, nunca pensaron en la repercusión y magnitud de esos hechos. Así, las niñas comienzan a imitar esos ruidos y Kate pide en voz alta que se repitan los mismos ruidos que hace ella. El juego evoluciona hasta tal punto que las niñas (y más tarde su madre) comienzan a hacer preguntas al que ellas denominan “el Espíritu” e idean una serie de golpes para significar una respuesta de sí o no. Más tarde se descubrió que en realidad las niñas producían el ruido mediante una manzana atada a un cordón y con los nudillos de los dedos de los pies, para tomar el pelo a su madre. Pero eso daba igual. Había nacido el espiritismo tal y como actualmente se le conoce. En pocos años había en USA habrá más de 40.000 médiums, extendiéndose esta creencia rápidamente a Europa, sobre todo al Reino Unido. Y es que a Conan Doyle siempre le había atraído el espiritismo. Comentaban sus amigos que en su juventud fue una forma de aislarse de los problemas familiares producidos por el alcoholismo de su padre (circunstancia que empujó a su madre a mandar al pequeño Conan interno a la edad de 9 años a un colegio religioso). Arthur terminaría sus estudios en Medicina, graduándose en 1881 y pese a sus conocimientos científicos, nunca abandonó del todo su afición a las ciencias ocultas. Así en la década de 1880 era habitual que participara en sesiones espiritistas y de telepatía. Pero la práctica en serio del espiritismo empezaría para el escritor cuando en 1918 recibe la noticia de la muerte de su hijo aquejado de pulmonía. El escritor, resentido con la ciencia médica tradicional que no pudo salvar a su hijo, busca acomodo las denominadas ciencias ocultas, que le ofrecen la posibilidad de la comunicación con su hijo muerto, llegando Conan Doyle a asegurar haber escuchado la voz de su hijo muerto. A finales de la segunda década del Siglo XX, Conan Doyle, aprovechando la extraordinaria popularidad de sus relatos, era uno de los principales referentes en lo concerniente a la defensa de las experiencias paranormales, por lo que no era de extrañar que recibiera una carta donde dos chicas afirmaban haber visto unas pequeñas hadas, aportando unas fotografías como prueba del hecho. Doyle las creyó y apoyó, e incluso cuando las jóvenes reconocieron que fue un montaje, siguió defendiendo su verosimilitud, llegando a escribir una obra en 1921 llamada “El misterio de las Hadas”, donde trataba y defendía este fenómeno. Más tarde crearía “The Psychic Bookshop”, una librería especializada en los fenómenos paranormales y ciencias ocultas, así como una editorial (“The Psychic Press”) sobre esa misma temática. Y es que los millones de muertos acaecidos en la Primera Guerra Mundial había fomentado la necesidad de sus familias de contactar con ellos, haciendo sumamente popular el espiritismo.

Mientras, al otro lado del océano Harry Houdini, desengañado tras la sesión con Conan Doyle y su esposa, cambia su actitud frente al mundo del espiritismo. El escapista siempre había tenido curiosidad por ese mundo, incluso cierta simpatía. Para él, la escenografía espiritista no se alejaba demasiado de la narrativa ilusionista, con trucos y recursos similares. Así en cierta ocasión y parece ser que por una apuesta, el escapista ejerció de médium en una feria de pueblo donde se suponía que entraba en trance y revelaba detalles íntimos sobre el público, datos que procedían de una exhaustiva investigación que el ilusionista efectuo sobre el pueblo y sus habitantes. Pero a partir del intento de engaño por parte de la esposa de Conan Doyle, Hoidini dedicará gran parte de su tiempo a desenmascarar y poner en evidencia a supuestos médiums, presentándose de improviso en reuniones y espectáculos de espiritistas y explicando a la concurrencia cuales eran los trucos que estaban usando para hacerles creer que estaban comunicándose con los muertos. Publica artículos y reseñas en diferentes revistas (entre ellas en la prestigiosa Scientific American) llegando incluso a declarar en contra el espiritismo ante el Congreso. Se convierte en el azote del espiritismo, una especie de nueva religión que era más y más popular cada vez  Así, y debido a las ciencias ocultas, la relación entre Houdini y Conan se rompía por momentos. Y el desencuentro llega a la prensa, con acusaciones desde las dos partes. Houdini, desengañado, intenta convencer a Conan desde una perspectiva fría y analítica. Mientras el escocés se aferra a las ciencias ocultas como una manera de dar sentido a su vida. “Doyle consideraba que todo aquello que él no comprendía era una manifestación de los espíritus”, escribiría Harry en una carta. Y eso incluía los propios trucos que efectuaba el escapista en sus shows.

Y es que tal era la obsesión de Houdini por dejar al descubierto la falsedad del espiritismo que llegó a ofrecer una recompensa en metálico a quien le mostrara una prueba irrefutable de su existencia. Nadie llego a cobrar ese premio. Pero Houdini llevó hasta sus últimas consecuencias su desafío. Así, el mago ideó un código secreto que compartió con su mujer Bess, consistente en una serie de diez palabras (curiosamente, extraídas de una carta de Conan Doyle) que serían las que usaría el escapista desde el más allá para conectar con ella, para que pudiera tener la certeza de que el contacto era real. En 1926 fallecía Harry Houdini, y numerosos espiritistas se lanzaron a intentar conseguir el código secreto pactado por el matrimonio Houdini. Ningún médium, tras diez años de intentos, supo darle la secuencia correcta a Bess. Al cabo de esos diez años, la viuda celebró una última sesión de espiritismo, nuevamente sin éxito, y apagando una vela que había mantenido encendida desde el fallecimiento de Harry, exclamo “Diez años son más que suficientes para esperar a cualquier hombre”. Nunca más volvería a intentar contactar con el espíritu de su marido. Mientras Sir Arthur Conan Doyle daba una conferencia tras otra, y apoyado en su fama y en el raciocinio que mostraba “su hijo” Sherlock Holmes, iba propagando las virtudes y la veracidad del espiritismo. Sir Arthur fallecería en 1930 manteniendo férreamente su creencia en las ciencias ocultas.

Por cierto, cuenta la leyenda que un médium, al verse desenmascarado por Houdini, vaticino la muerte del ilusionista antes de que finalizara el año. Corría el año 1925. Houdini murió solamente unos meses más tarde de la profecía, en Octubre de 1926, de forma trágica e inesperada.

 









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