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14/04/2012 - Juan Luis Sánchez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Sinceridad en los anuncios de TV

Si confieso que no veo la tele pensaréis que me las estoy dando de culto... Sin embargo, la triste realidad es que no aprovecho el tiempo para leer a Kierkegaard, sino que veo en el cine terroríficos subproductos, o me voy a comprar comics. El caso es que estos días me he enganchado a un canal que ofrece peliculones clásicos a todas horas (casi es mejor desintonizarlo, para poder seguir con mi vida), así que he redescubierto los anuncios televisivos.

No había visto ninguno nuevo desde hace tiempo. Me quedé en el “hola, soy tu regla”, “¿dónde está Curro?” y “vengo del futuro, donde los avances tecnológicos son la bomba, pero sólo se me ha ocurrido traerte un frasco de lejía”. Supongo que todos ellos hoy son ya clásicos, al menos entre los estudiantes de publicidad.

Pero han cambiado bastante. Me he enterado de muchas cosas, por ejemplo de que ahora Doowap se llama Weikis. ¡Demonios! Va a ser por eso por lo que no los encontraba en las estanterías del supermercado... ¿No tienen miedo de despistar al personal con ese nombre de comida para perros?

Se puede saber mucho del mundo que nos rodea a través de ellos, por ejemplo cómo va la situación social del país. Una madre merienda con su hija, encantada, porque es el único momento del día que comparte con ella. Se entiende que la niña pasa todo el tiempo con una de esas impagables abuelas que son las que están cuidando a nuestros chavales. ¿Qué sería de España sin ellas? El anuncio se dirige claramente a madres trabajadoras con complejo de culpa agudo.

Muchos van destinados a quienes se supone que tenemos más capacidad de consumo, los que fuimos niños en los 80. En esa línea va aquél en el que salen dos casi idiotas que cantan que han visto volando un cristal gratuito, a ritmo de “Super Disco Chino”, de Enrique y Ana, todo un hit infantil de la época. Si ya era hortera entonces, imaginaos treinta años después. Me han entrado ganas de ir a la óptica a cantarles las cuarenta, porque cada vez que lo ponen se te pega la canción de las narices, y te pasas toda la tarde tarareando: “Sú-per, sú-per, dis-co, dis-co, chi-no, chi-no, chi-no... filipino...”. Más que un spot parece una maldición. Como te lo pongan una vez, te han hecho la pascua.

Me llama la atención la zafiedad de algunos, como el de las galletas tan supuestamente enormes que los que las comen, cuando van a hacer sus necesidades, perciben que su miembro viril es mucho más pequeño de lo que creían. No sé si funcionará. Yo no pienso probarlas, porque ahora las asocio psicológicamente con la entrepierna.

Y también alucino con la sinceridad de Pepsi. En su nuevo anuncio, un tipo pide una Coca-cola, claro, como es habitual, y el camarero le contesta que no tiene, que si puede ser una Pepsi... O sea que reconocen que el producto nos lo cuelan un poco de balde... Y hasta MacDonalds admite que la gente tiene la misma confianza en que sus hamburguesas sean de vacuno que la que tenía hace unos años en que la selección española ganara un mundial, o sea ninguna.

Pero para sinceridad, la que llevan implícita los anuncios de bancos de nueva generación. Todos van por la línea de asegurar que a partir de ahora ha salido un banco que es colega, que te va a caer superbien, y que se preocupa por ti, por muy insólito que resulte. O sea, que reconocen que hasta ahora han sido un poco ‘perretes’.









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