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04/03/2009 - Pablo de Santiago Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Subvención del cine español
Pablo de Santiago

Tengo un amigo que sueña con un proyecto cultural de gran altura. Desea poner en marcha una institución diseñada para reparar algunos males de la sociedad actual, esclava del estrés y de la falta tiempo. La idea de mi amigo consistiría en crear algo así como un espacio, un lugar, un ámbito donde las personas puedan relajarse al salir del trabajo, y a la vez puedan crecer culturalmente. Sería una sólida alternativa al ocio fácil y vacío, y ofrecería una equilibrada mezcla de deporte y arte, de alimento para el cuerpo y el espíritu. Se me ocurre que el lugar podría denominarse con toda propiedad “Hospital del alma”... Pero mi amigo no es rico y su proyecto, que sin duda estaría al servicio social, cuesta demasiada pasta. No es viable.

También tengo otro amigo que sueña con poner en marcha una editorial exquisita, una empresa que edite cada año no demasiados libros, pero sí muy escogidos. Cada uno de ellos habría de ser como un regalo para los sentidos y para el alma de quien lo lea, que le enseñe a valorar mejor la lectura y le enriquezca a la vez con un objeto atractivo en sí mismo. Pero ese amigo tampoco tiene el dinero suficiente para sacar adelante esa iniciativa, que sin duda es un gran servicio social. No es viable. Y como estos amigos míos habrá también cientos de ciudadanos dispuestos a poner sus energías al servicio de la sociedad. Pero, por supuesto, el Estado no le subvenciona sus ideas. No son viables.

El cine español es otra cosa. Es la industria del vivir gratis. Parece que dar dinero al cine español es la solución para paliar la falta de oferta cultural en España, la panacea para cumplir con el lema “ofrecer cultura para todos”. Eso al menos es lo que se desprende de los datos de las subvenciones de nuestro cine. Según un clarificador artículo publicado recientemente por el periodista Jorge Bustos (LA GACETA DE LOS NEGOCIOS, 17-II-2009), el número de películas españolas aumenta conforme disminuye la demanda del cine español. ¿Cómo es posible tal despropósito? Muy fácil: hacer cine en España está subvencionado, pagado por los ciudadanos (pero sin preguntarles antes, claro). Las cifras son bien elocuentes: en 2005 el cine español tuvo 21 millones de espectadores y desde entonces ha ido bajando la cifra cada año (18 millones en 2006, 15 millones en 2007) hasta situarse en los 13 millones de espectadores de 2008. Esto, lógicamente, ha ido unido al descenso de recaudación (106 millones de euros en 2005; 98 en 2006; 86 en 2007; y 77 en 2008). Lo increíble viene ahora: en lugar de buscar soluciones, en lugar de pensar cuál es el problema y cambiar la política de subvenciones, resulta que producimos cada año más películas españolas. En 2005 se hicieron en España 89 películas, en 2006 fueron 109, en 2007 la cifra llegó hasta 115, y en 2008 se ha disparado hasta 126 películas. Una auténtica salvajada, cuando se piensa que nadie va a ver esas películas.

Este problema no se puede obviar y maquillar dictatorialmente a golpe de ‘cuotas de pantalla’ en contra de los intereses de los exhibidores. Es una pataleta irracional y cobarde. Nadie ve cine español porque es muy malo, y es muy malo precisamente porque a los responsables la taquilla les da exactamente igual: ya han ganado dinero antes de ponerse a filmar. Es la ley del mínimo esfuerzo. La solución pasa entonces por regular las subvenciones, por supeditar el dinero a la calidad de los productos, y seguramente por ‘desideologizar’ de una vez por todas nuestro cine. Lo que está claro es que lo más estúpido y descorazonador es despilfarrar cada vez más dinero en un tipo de películas que el publico rechaza una y otra vez.

 

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