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03/06/2014 - David Ortega Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El Rey Don Juan Carlos le entrega la carta de abdicación a Mariano Rajoy.
El último servicio a España de Juan Carlos I

Los problemas no se niegan; los problemas se afrontan con seriedad, sensatez y tranquilidad. Es evidente que, desde hace unos años, la Corona española tenía un problema de imagen y también de conexión con la sociedad. Las causas de esos males eran múltiples, pero entre ellos destacaba el Caso Urdangarín, que tanto ha terminado afectando a su esposa, la Infanta Cristina, y finalmente al propio Juan Carlos I.

Por eso creo que la abdicación del monarca, anunciada por sorpresa el pasado 2 de junio, es una gran oportunidad para la Casa Real y, por ende, para España. La inminente llegada al trono de Felipe VI es un elemento regenerador de la monarquía y de nuestra propia democracia, que además sigue los procesos marcados por la Constitución (concretamente en el artículo 57.5). La fortaleza de la democracia radica en el normal funcionamiento de todas sus instituciones, incluyendo la sustitución ordenada de sus titulares, y aquí tenemos un buen ejemplo. Además, no hablamos de un fenómeno extraño en nuestra historia monárquica. Por poner sólo algunos ejemplos, Carlos I abdica en 1556 a favor de Felipe II; Felipe V en 1724 a favor de su hijo Luis, Carlos IV en 1808 a favor del Fernando VII… Incluso el padre del monarca, don Juan de Borbón, abdico el 14 de mayo de 1977, renunciando a sus derechos sucesorios.

Ahora llega el tiempo de Felipe VI: una persona excelentemente preparada para su cometido, con buena imagen, la edad adecuada. Y el caso Urdangarín, sin duda el máximo detonante en el perjuicio a la Corona, queda ya más lejos de la imagen de los Reyes, pues no son una hija y un yerno del monarca los afectados. Felipe de Borbón tiene por delante una tarea difícil, pues la sociedad española está cambiando rápidamente y a las instituciones no les es fácil seguir su ritmo y responder a sus demandas, pero cuenta con los mimbres para llevarla a cabo.

El pueblo español sería muy ingrato e injusto si no valorase a Juan Carlos I en su justa medida. Para hacerlo, se necesita perspectiva. El monarca heredó una dictadura caduca y aislada de Europa, y deja una democracia moderna y  plenamente integrada en la comunidad internacional. Si ampliamos el foco histórico y repasamos los dos últimos siglos de la Historia de España, la valoración de Juan Carlos I es aún mejor: bajo su jefatura del Estado, los españoles hemos conseguido, después de más de dos siglos de intentos fallidos, consolidar una monarquía parlamentaria y democrática, la primera de nuestra historia, además de 39 años de progreso en paz. Por eso, y a pesar de los errores de los últimos años, Juan Carlos I sale de la historia de España por la puerta grande. Su último acto de generosidad, al ceder el testigo cuando ha creído que era el mejor momento para su país, cierra una gran hoja de servicios a España.









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