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06/05/2008 - Pablo de Santiago Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Un pajarraco en Pedro Muñoz
Pablo de Santiago

A los que somos de la especie “homo urbanitas” es difícil sacarnos de Madrid. En nuestra asfaltada cabeza eso sería como robarnos el ambiente necesario para respirar, nuestro ecosistema vital. Quizá ese ser “urbanitas” sea una enfermedad incurable, no lo sé; el caso es que me encanta Madrid. Soy feliz con el bullicio, con los escaparates, con los semáforos y las luces de neón de las vías nocturnas del sábado noche, y soy esclavo de su oferta cultural, variadísima y fácil de disfrutar. Sacarme de aquí sería como trasladar a un águila desde del pico de una montaña para posarla en una llanura árida y monótona. Fuera de Madrid todo se hace pequeño, la perspectiva desaparece y la realidad se vuelve inmediata. Ya sé que probablemente suene engreído ese símil rapaz, pero, qué quieren que les diga, para mí Madrid es como un Everest y yo me siento en él como si fuera el rey de las aves, el soberano del imperio avícola. “Aquila urbanitas”, pues.

Y sin embargo, qué rematadamente bueno es salir de vez en cuando y aprehender lo que hay fuera. Porque la ciudad también tiene sus lacras. Con la prisa todo se antoja obligación, y la paz de espíritu es más ardua de alcanzar entre edificios. Lo explicó a la perfección el pensador norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), quien durante años abandonó la civilización para irse a vivir a una cabaña: “Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia, quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida, y dejar a un lado todo lo que no fuese vida, para no descubrir en el momento de mi muerte, que no había vivido”. Yo no es que quisiera ser tan radical, pero era consciente de que una breve excursión liberaría algo mi acogotado espíritu. Por eso cuando el día 1 Gustavo me invitó a pasar la fiesta de  “Los Mayos” en su pueblo me animé a aceptar. En Pedro Muñoz, que así se llama ese enclave manchego situado entre Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Toledo, se vive de otra forma. Allí el tiempo no cuenta tanto, en ese lugar quijotesco es mucho más importante el “quiero” que el “tengo que”. En Pedro Muñoz se pasea entre las calles en lugar de un ir de un sitio a otro, y el viajero olvida por un momento la “búsqueda” y decide simplemente “estar”. Y se vive bien. Tras un solazado almuerzo tuve la suerte de participar en una partida de cartas en el casino. Pero no se trataba de una partida sin más, sino de “la” partida. En torno a la mesa estaba la idiosincrasia del pueblo, la crême de la crême de los peromuñicenses: Julián, toda una institución en la mesa y en el pueblo, Juliete “manos vueltas” que las mataba callando, Antonino “pataconejo” que las mataba hablando (y ojito con él), Miguel “el adobao” que metía cizaña, “el Ángel el calvo” tan seriote y tal, y luego el paisano Gustavo, mi colega. El séptimo era yo, el palurdo que había aterrizado desde Madrid. Fue una partida memorable, de sablazos y zancadillas, de sabiduría popular y sobre todo de buen humor. No había nada mejor para acabar con el estrés que sumarse a esa tarde de amigos donde el tiempo pasa de otra manera. Les aseguro que aquello fue un lujo para un rapaz -aunque para entonces ya sólo era un pobre pajarraco- venido de la capital. Qué sabio fue Thoreau cuando dijo: “Si tuviera que vender mis mañanas y mis tardes a la sociedad, como hace la mayoría, estoy seguro de que no me quedaría nada por lo que vivir”.
 

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