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03/04/2008 - Pablo Sagastibelza Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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En período post electoral, cuando en estos días se configuran las estrategias y personas de los distintos partidos políticos después de los comicios, puede ser el momento de comentar el sentido de los resultados. No me refiero a un análisis político, sino más bien a un enfoque más cultural o social.

Visto lo visto, parece que los españoles han elegido con amplia mayoría la estabilidad institucional. Los dos partidos mayoritarios cosecharon gran cantidad de sufragios, muy por encima del resto de sus rivales. Puede decirse, en palabras de Gaspi (Llamazares), que se ha producido un tsunami bipartidista. Además de sus causas o consecuencias, que sería largo tratar en este espacio, sí parece evidente que la gran mayoría prefiere partidos consagrados, y muy enraizados popularmente. Tanto PSOE como PP cuentan con el apoyo de grandes masas sociales relativamente parecidas. Digo parecidas porque no pienso que los españoles en general nos diferenciemos tanto como algunos pretenden: origen social similar, rentas parejas, intereses comunes, cultura compartida, etc. Que unos voten centro derecha y otros centro izquierda, muchos millones a ambos, debe hacer reflexionar a todos para conseguir una tranquilidad algo alterada últimamente. Son claras algunas de las diferencias políticas, pero no es menos evidente la igualdad general. Pienso que se pueden y deben buscar puntos comunes de trabajo, respetando la tarea de quien debe gobernar y quien debe ejercitar la responsabilidad de la oposición. Parece claro que el país es monárquico, ya que los partidos que participan del sistema sin estar totalmente de acuerdo con él han sufrido un serio revés. Es probable que muchos no estén dispuestos a dar su vida por la monarquía, pero al menos creen que es algo que funciona razonablemente bien, y que las personas concretas que ocupan los puestos de responsabilidad están suficientemente preparadas. Las veleidades republicanas no gustan a casi nadie, probablemente por lo que suponen de alteración de una estructura estable. Otra cosa es la manera de articular el Estado monárquico, donde caben distintas opciones en principio igualmente legítimas. La cuestión es que los representantes políticos se den cuenta de esta realidad para no jugar innecesariamente con ella. Los nacionalismos y el terrorismo entran de lleno en este debate, pero ¿no es razonable pensar que la inmensa mayoría de la sociedad española ha dicho con sus votos que prefiere resolver estas cuestiones sin dar excesivo peso a partidos minoritarios del conjunto? Por supuesto, es innegable que el terrorismo debe desaparecer del mapa cuanto antes. Desde el punto de vista económico, probablemente nudo gorgiano de esta Legislatura, la gente lo que quiere es asegurarse el pan, y si es posible una bonanza que permita mayor calidad de vida. En esto, no creo que los dos grandes partidos estén muy distantes. Como es lógico, los socialistas apuestan por un mayor gasto público incrementando el papel del Estado, y los populares -en línea con su tradición liberal- piensan que el actor privado es más importante que la maquinaria estatal. En principio, todos quieren respetar las reglas del juego limpio y evitar la corrupción, pero nadie queda libre de la tentación, e incluso de la caída. En este campo, la llegada de los inmigrantes es un factor clave para la economía, que conlleva una política social de integración no fácil de desarrollar. Hoy día, además, pa-ra nadie en una democracia cabe una opción que no sea la del libre mercado. Suena ridículo que Raúl Castro acabe de dar permiso a sus conciudadanos para usar el móvil… Finalmente, por los datos de las encuestas, la mayoría de la población, votante de PP y PSOE, se declara católica. Caben muchos matices para entender esta catolicidad, pero el fondo es común, y los políticos lo saben. Espero que esta radiografía cultural y social ayude al diagnóstico y tratamiento político de la sociedad española. Veremos si el resultado es la muerte o la salud.

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