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31/03/2009 - Juan Julián Elola Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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La visir-esa que quería ser califa
Juan Julián Elola

Cuentan las crónicas que por estos lares existía una visir (visir-esa le gustaba ser llamada) cuya principal aspiración era derrocar al Califa para convertirse en califa ella misma. Intentaba disimularlo, pero todo el mundo conocía sus intenciones mal encubiertas, incluso el Califa. 

En la misma camarilla, otro personaje influyente también ansiaba obtener esa dignidad. Un veterano caudillo, curtido y victorioso en mil batallas, se sentía pobremente recompensado por el Califa y, por considerarse superior al resto de sus correligionarios, quería su puesto. Su capacidad de mimetismo le permitía fingir muchas veces estar con todos a la vez, lo que le granjeaba hostilidades con muchos miembros de la Corte. Era especialmente odiado por el coro de juglares y cronistas del séquito de la visir, que no dudaban en desprestigiarle cuando tenían ocasión. Los agravios vertidos contra él, los aprovechaba este caudillo para proclamarse adalid de los enemigos de la visir, que eran muchos, aunque ocultos por miedo al severo castigo.

Mientras tanto, la situación era insufrible para sus súbditos. El enfrentamiento sumía al territorio en una especie de Reinos de Taifas, donde cada cual hacía la guerra por su cuenta. Las decisiones que debían tomarse para el bien del pueblo, bien se posponían, o bien se establecían en función de la postura adoptada por el otro contendiente. Algunas medidas fueron dispuestas  con la intención de importunar al contrario, más que para el bien de los lugareños. En muchas ocasiones en las que ambos aspirantes al califato coincidían, se dejaba entrever su enemistad, y a veces se manifestaba una palpable hostilidad. Especialmente visible fue el problema creado en La Caja que custodiaba los Ahorros de los convecinos, en la cual se provocó un verdadero desgobierno, para cuya solución tuvieron que intervenir los más altos poderes y juristas.

Muchos recursos que hubiesen sido útiles al pueblo se empleaban en esta contienda. Desde la comparsa de la visir, parece que fueron, se reclutó espías para conseguir informaciones que contribuyeran a erosionar la imagen del caudillo y su cortejo. Este hecho fue negado reiteradamente, pero los lugartenientes  del capitán continuaron afirmando que habían sido investigados por un equipo de confidentes, aunque no podían conocer el origen de estas acechanzas. Nada hizo, desde luego, la visir, por intentar alcanzar con sus pesquisas el fondo de la conjura.

El Califa, por su parte, parecía ajeno a todo este sinfín de conspiraciones. Siquiera se percibió en él un intento de intervenir para poner fin a las luchas intestinas que tanto perjudicaban al pueblo llano. Este simulacro no redundaba en un reforzamiento de su persona, sino que debilitaba su imagen de hombre fuerte y ponía en duda su autoridad. Su posición se reforzó un poco por el triunfo de uno de sus generales en unas tierras muy alejadas del foco de conflicto. Pero las victorias son efímeras, y no garantizan la continuidad. Por lo que sabemos, el propio Califa fue víctima de su pasividad ante los desmanes producidos durante la lucha entre la visir y el caudillo.

La leyenda dice que la población, harta de la situación, acabó destituyendo a ambos gobernantes ante su ambición. Nuevos descubrimientos pueden confirmar el desenlace. Quizá en 2011.

Nota: este cuento está basado en la historia del caudillo Almanzor, el califa Alhakem, el visir Almushafi y el General Galib. No busquéis segundas lecturas.

Diputado por Madrid en Las Cortes Generales
VIII Legislatura
 

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