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06/02/2015 - Luis Miguel Boto Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Ya está

El pasado domingo día 25 de Enero Syriza ganó las elecciones en Grecia. Sus argumentos fueron concluyentes para la mayoría de los griegos: debemos mucho dinero y, si tenemos que devolverlo con sus respectivos intereses, seremos más pobres. La solución es no pagar y el dinero se queda en Grecia, con lo que todos viviremos mejor.

Es como decir “como el precio del pan es caro y la gente no puede comer, voy a limitar los precios del pan, para que sean bajos y así todo el mundo pueda comer”. Suena bonito, menos para los panaderos. A no ser que el Estado se dedique a hacer pan. El problema es que Grecia no puede hacer pan, y para que se me entienda el símil, no puede pagar por sí misma no ya sus ingentes deudas, sino los salarios de sus funcionarios y pensionistas. Se lo tienen que pedir a lo que Syriza llama Troika y yo llamo contribuyentes europeos. Porque si Grecia no paga, significa que España deja de cobrar 25.000 millones de euros. Más o menos 1500 euros por trabajador.

Y es que en el epitafio de Grecia si no cambia su discurso va a ser “vosotros Europa, por ese camino, que yo voy por este otro”. Es suicida enfrentarse contra gigantes, que es lo que son los mercados y no molinos, porque en Grecia, y en cualquier país del mundo, cuando al que está en la oposición le toque gobernar y quiera aplicar su ideario se encontrará que existen situaciones que superan su voluntad, a no ser que se quiera ser un suicida. Porque si bien es cierto que duele la austeridad, más duele aún la quiebra.

El error de bulto de este tipo de políticas es pensar que la cantidad de riqueza está dada y tiene una determinada magnitud que se puede repartir con políticas redistributivas en un perverso juego de suma cero. Otras por el contrario, buscan que todos crezcamos, no que redistribuyamos una miseria cada vez más acuciante. El día que todos seamos igual de pobres las primeras habrán conseguido su objetivo.

Unos por la extrema izquierda se han metido en una deriva que va desde la demagogia populista a las soluciones mágicas caribeñas. Otras, por la extrema derecha pero que coinciden en el rechazo de la democracia liberal, el control del Estado sobre la vida de las personas, y la inviabilidad del actual sistema. De ahí el acuerdo entre Syriza y la derecha populista griega. Ambas han visto que su modelo ya ha fracasado en otros momentos de la Historia, por eso ahora enfocan todo a demoler más que a construir, a criticar más que a aportar. No se sabe hacia donde van, pero tienen muy claro todo lo que rechazan. Es como si a mitad de una partida de ajedrez que se va perdiendo, dar un manotazo al tablero y exigir empezar de nuevo reponiendo las piezas que tu adversario te ha ido comiendo en la partida anterior. Algunos pueden estar riéndose, pero al igual que el gas de la risa, solo da una falsa sensación de felicidad. Si no, al tiempo. 









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