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17/06/2016 - Redacción Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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Antonio de Oquendo
Don Antonio de Oquendo, el almirante invencible
En abril de 1605, el rey Felipe III mandó llamarlo a la corte de Valladolid y allí le ofrece el mando de su primera escuadra

Memorias auténticas que abrazan el largo espacio de cinco centurias acreditan que la familia vascongada de Oquendo es una de esas que se consagraron al servicio y vida de mar, transmitiendo de varón en varón, con los trofeos que los primeros ganaron y la tradición de su arrojo, una disposición natural instintiva para dominar las difíciles circunstancias que a cada paso se ofrecen en tan azarosa carrera. Sin ir más lejos, don Miguel de Oquendo, capitán General de la Armada de Guipúzcoa, fue el que rindió a la almiranta francesa en el combate de las Terceras, apoderándose de su estandarte y el que después dejó nombre en la jornada al Canal de la Mancha de aquella escuadra que se apellidó La Invencible.

El año 1577 había tenido un hijo, bautizado en San Sebastián con el nombre de Antonio, que pensó dedicarse a las letras, aplicándolo a su estudio desde que tuvo aptitud para empezarlo; pero su inclinación lo llamaba a las armas, y acaso contrariándolo, hubiera hecho lo que su abuelo, que estando a punto de ordenarse clérigo, colgó el mateo y sentó plaza en una nao, si no hubiera muerto don Miguel el año 1588, por resultas de la referida jornada, dejándole por herencia 11 años de edad y algunos empeños en su casa, si bien la memoria de los servicios prestados al Rey y la amistad de otros generales, partidas que no se anotan en escrituras testamentarias, le sirvieron para alcanzar una plaza de entretenido, con 20 escudos al mes, en las galeras de Nápoles que mandaba don Pedro de Toledo.

Debía tener el joven un atractivo especial que conservó toda la vida, para granjearse la voluntad de los más difíciles: el general de las galeras lo distinguió mucho y más aún don Luis Fajardo que mandaba la Armada del Océano, y a cuyas órdenes pasó con aumento de 10 escudos en el sueldo. Ello es que llegando a la corte los clamores de los pueblos de la costa de Portugal y Galicia por los insultos y robos de un corsario inglés que los ponía a contribución con 2 fuertes naos que llevaba, se ordenó al General que destacase de sus fuerzas alguna para castigarlo, y que esta comisión, solicitada por los capitanes más antiguos y acreditados, se confió a Oquendo, joven de 18 años, dándole el mando de dos bajeles ligeros, propios para la caza. Saliendo con ellos de Lisboa el 15 de julio de 1604 y tras un crucero inútil de muchos días, bajando hacia Cádiz, vio por fin al enemigo en la amanecida del 7 de agosto, viniendo a toda vela sobre él con intención de abordarle, como lo hizo, metiendo 100 hombres en su capitana en el acto del choque. Cuerpo a cuerpo, la lucha fue obstinada y sangrienta, disputándose palmo a palmo y por más de dos horas la resbaladiza cubierta; pero los ingleses llevaban la peor parte y trataron de emprender la retirada, momento que aprovecharon los de Oquendo para devolverles la visita y rendirles en su propio barco, rescatando lo que por fruto de las rapiñas se llevaban. Los otros dos buques se batieron al cañón entre tanto, hasta que vencida la capitana, se dio a la huida el inglés que quedaba sin poder ser alcanzado. Tuvo Oquendo que arribar a Cascaes con su presa, por el mal estado en que había salido del combate y corrían allí noticias de que iba prisionero camino de Inglaterra, así que al entrar en Lisboa, se le recibió con gran alborozo, felicitándole el comercio por una victoria, a que se dio tan importancia, que no tan sólo el general Fajardo escribió a su protegido diciendo que lo ponía en el lugar del afecto que ocupaba su propio hijo, sino que le escribió también a Felipe III expresando lo satisfecho que había quedado de su bizarro proceder.

Dado el primer paso, que en todas las cosas es el de la dificultad y desempeñadas con lucimiento algunas otras comisiones, fue designado Oquendo para el mando de la escuadra de Vizcaya, vacante por muerte del general de Bretendona, y para guardar con ella la costa, amenazada por los holandeses, que habían alcanzado preponderancia en la mar e intentaban incendiar los astilleros del Norte. Frustrada la empresa, se extendió el mando de don Antonio en 1607 a las escuadras de Guipúzcoa, Vizcaya y Cuatro Villas, que a sus órdenes componían la llamada de Cantabria, extendiendo la primera comisión a proteger también la llegada de las Botas de Indias, amenazadas de continuo por la rapacidad corsaria. En este servicio, prolongado sin descanso, hizo varias presas en frecuentes encuentros con el enemigo y sufrió un naufragio sobre las costas de Francia, en que perecieron 800 hombres, manteniéndose constantemente en la mar, ya sólo con sus fuerzas y a las órdenes del príncipe Filiberto que hizo a la corte calurosa recomendación de sus méritos, incluso los de haber convoyado a Nueva España la flota de Indias y regresado felizmente con la plata. El Rey los premió con el hábito de la Orden de Santiago, concedido por la Real Cédula de 21 de noviembre de 1614, en que se mandaba al célebre don Rodrigo Calderón, Marqués de Siete Iglesias, que por su mano y en nombre de S.M, le nombrase caballero.

Por disgustos que hubo el año 1619 con don Juan Fajardo, Almirante General del Océano, encargado de la guarda del Estrecho, se fue a su casa sin licencia y acordando el Consejo que fuese preso al Castillo de San Torcaz mandó con la misma fecha a Oquendo que interinamente se encargase de sustituirlo. Contestó éste que por entonces estaba muy ocupado en la construcción de un navío que había de servirle de capitana y hacía de paso reflexiones acerca de la conveniencia y aún de la equidad de sacarle de su cargo efectivo para una eventualidad de corta duración, lo cual tomó muy mal el Consejo y propuso al Rey que, privándole de sueldo, lo enviara en prisión al castillo de Fuenterrabía. El príncipe Filiberto salió a su defensa y logró que se dulcificase la clausura que de todos modos fue corta, por juzgarle necesario para el mando de los galeones de Indias, con que siguió haciendo viajes.

Empezando el reinado de Felipe IV recibió testimonios de la estimación de este monarca y de la simpatía de su favorito el Conde de Olivares, que le escribía privadamente consultándole los asuntos del servicio y del comercio de Tierra Firme y Nueva España. En 1626 se le dio en propiedad el cargo y título de Almirante general de la Armada del Océano, que le ofreció en breve una ocasión señalada: la de socorrer la palza de Mamora, por aviso que tuvo de su Gobernador de hallarse sitiado de multitud de moros y en gravísimo extremo por carencia de víveres. Calculando que en el tiempo necesario para enviar correo a Madrid y recibir contestación estaría rendida aquella importante plaza de África, se determinó a favorecerla por sí, arrastrando las consecuencias de su iniciativa, que, según esperaba, tuvo el mejor éxito. Sitiadores y sitiados se vieron sorprendidos con la rapidez del socorro, que puso en fuga a los primeros con escarmiento y dejó protegida la fortaleza. "Muy bien nos ha sacado V. m. del cuidado en que nos ha tenido el sitio de la Mamora con la bizarra resolución que V. m. tomó de ir a socorrerlas", le escribía el conde Duque por añadidura a la cédula Real en que se le daba las gracias, abajo de la cual puso el Rey su puño: "Quedo tan agradecido a este servicio que me habéis hecho, como él lo merece y os lo dirá esta demostración".

Sería prolijo reseñar al pormenor las operaciones de nuestro marino: se cuenta que tuvo más de 100 combates, con la fortuna por aliada y auxiliar, aunque el resorte principal de sus triunfos fuera la organización de los bajeles y la severidad con que ellos mantenía la disciplina. En una ocasión suspendió de empleo por 1 año a 3 capitanes por no obedecer una señal que hizo en la mar. Otra vez puso preso al Marqués de Torrecuso, sin que el Rey interviniera más que para recomendarle que despachara brevemente la averiguación de las causas que había tenido para ello. Limitaré las noticias a los 2 hechos más notables del famoso guipuzcoano, después de honrado con plaza de Consejero de S. M. en el de la Guerra.

Hallándose la nación en el plano inclinado de la decadencia, los holandeses, señoreados de la mar, tenían bloqueada la costa del Brasil y en jaque las plazas de Pernambuco y Todos los Santos. Todo Santos. Todo lo que en Lisboa pudo reunirse para socorrerlas fue una escuadra de 16 naos apriesa y miserablemente preparada: cinco de ellas de la Corona de Portugal, no llegaban a 300 toneladas, teniendo 40 hombres de guarnición; otras cinco de Castilla no llevaban más de la mitad de la infantería que les correspondía, siendo las seis restantes de Vizcaya, las mejores aunque también faltas de alguna gente. Esta escuadra había de convoyar a la flota portuguesa del comercio del Brasil y a 12 carabelas en que iban 3.000 hombres al mando del Conde de Bañolo, para las referidas plazas. Subió de Lisboa el 5 de mayo de 1631 muy receloso Oquendo del riesgo en que iba a poner la reputación de la bandera y la suya propia: llegó, sin embargo a la bahía de Todos Santos a los 78 días poniendo en tierra el contingente de tropa sin oposición, aunque descubierto por cruceros enemigos que dieron noticia del número y clase de sus bajeles. Continuando la navegación a Pernambuco, con agregación de 20 naos mercantes que buscaron su protección, el 12 de septiembre avistó a barlovento la armada holandesa que venía de saquear la isla de Santa Marta. El general Adrian Hanspater, afectando desdén, no quiso valerse de las 33 naves de que disponía y eligió 16, para que, igualado el número con el de las españolas, no se tuviera por fácil el triunfo que anticipadamente presumía, a tendiendo a que su capitana y almiranta eran barcos de 900 a 1000 toneladas con 50 piezas de los calibres de 48 a 12, mientras las de Oquendo no pasaban de 600 toneladas, con artillerías de 22 a 8. Ambas escuadras reunieron su Consejo y en el de la española propuso el Conde de Bañolo que se sacase la tropa de los transportes y se distribuyera en los buques de guerra; mas como el objeto esencial de la expedición era llevar un refuerzo a Pernambuco, no quiso don Antonio exponerlo a las contingencias de la acción; antes determinó que mientras ésta duraba se pusieran a salvo las carabelas y naos mercantes.

Formada la línea de combate en lugar que situaron por 18º de latitud Sur, 240 millas al E. de los Abrojos, los holandeses, que tenían el barlovento como queda dicho, cayeron sobre ella a las 8 de la mañana. La almiranta holandesa, con otro navío del mismo porte, abordaron a la española por ambos costados, matándola 60 hombres a la primera andanada e hiriendo al general Vallecilla con dos mosquetazos. El galconcete Buenaventura, que con mejor intención que maña, se atravesó por la proa de los tres, sufrió un fuego tan horroroso, que quedó sin gente y fue apresado, aunque a poco se hundió. Prendió la Santa Bárbara de uno de los navíos holandeses, volándose juntamente con nuestra almiranta y dejando a la de Holanda muy maltratada y con fuego, que dio bastante que hacer. El general Vallecilla, con dos heridas, quemada la cara y las manos por la explosión, se tiró al agua y fue de los pocos que se salvó.

En otro grupo abordaron a la capitana de Oquendo la de Hanspater y otro auxiliar, también por ambos lados, y como los castillos dominaban sus cubierta, con la mosquetería le hicieron muchas bajas; pero en el acto de embestirle les había enviado descargas de entilada con tan buena suerte, que ya llegaron diezmados, además, acudieron a sostenerle la capitana de Masibradi y el navío Placeras, que en pelotón jugaron furiosamente todas las armas durante el espacio de 8 horas. Al fin prendió fuego en la capitana de Holanda; que ya había perdido su estandarte y muerto su general, y se voló, librándose la nuestra por haberle dado remolque su galeón auxiliar; el enemigo que tenía por la otra banda también acabó incendiado y entonces pudo Oquendo recorrer con la vista el horizonte e imponerse del estado en que se hallaba su escuadra, en persecución de los restos holandeses que huía. Fueron nuestras pérdidas dos galeones a fondo, 585 muertos y 201 heridos; y las de los holandeses, los tres mayores galeones quemados y 1.900 muertos con su general.

Desde el regreso a España tuvo comisiones de escuadra en las Baleares, en Italia y en Indias hasta 1639, en que ocurrió la última de sus batallas, digna de más espacio que el que le ofrece el presente resumen. Una escuadra francesa había saqueado a Laredo, tras la destrucción de los galeones de don Lope de Hoces en Guetaría, y preparaba mayores empresas para asolar la costa de Galicia. Por otra parte, los asuntos de Flandes andaban mal ante los combinados ataques de Francia y Holanda, reclamando el envío de tropas que restablecieran el equilibrio, y que sólo podían ser conducidas por mar, forzando el paso que habían de embarazar las armadas de ambas naciones. Cometida la empresa al valor y buena estrella de nuestro General, con oferta del Rey de concederle título de vizconde, se reunieron cuantos bajoles quedaban a la amenguada marina española, para ponerlos a su disposición. Dando la vela en Cádiz en el mes de agosto, se le agregó en la Coruña la escuadra de Don Lope de Hoces, siguiendo en unión hacia el norte. El día 16 de ese mes, cerca de las Dunas, apareció la vanguardia holandesa, compuesta de 17 navíos y como la capitana Real marchase a la cabeza y se retrasaran los demás bajeles, se vio Oquendo entre tantos enemigos. Hubiese sido cosa natural que retrocediera hacia el cuerpo de la escuadra, pero al general no le pareció decoroso, ni que otra determinación le cabía que recibir el fuego de todos los enemigos y dirigirse sobre su capitana, que mejor que aceptar el abordaje, juzgó continuar a disposición competente el fuego de su artillería, observando que el navío más próximo al español fue echado a fondo de una sola carga, sin que se salvaran más que 2 hombres.  Resultado de esta desigual contienda fue que cuando se le incorporaron los de retaguardia, se hallaba la capitana con el aparejo acribillado, 43 muertos y muchos más heridos, entre ellos 4 capitanes. Durante la noche, se unieron a los holandeses otros 16 navíos, de modo que al amanecer, el día 18 se renovó el combate, sin gran orden en la armada española, que en parte se había sotaventeado, llevando el mayor peso de la acción, prolongada hasta las 4 de la tarde, la capitana, las almirantas y pocos galeones. La de Flandes, que mandaba Marco Ulajani viró bizarramente sobre los enemigos, con la desgracia de que una bala de cañón le llevara la cabeza antes de abordar, como lo intentaba; rodeada esta nave y un patache que le acompañaba con 6 navíos, fueron apresados sin auxilio de los demás, incidente que inclinó a Oquendo a entrar en el puerto inglés de las Dunas. De aquí, con los buques ligeros envió el socorro a Flandes, que desembarcó felizmente en Mardique, cumpliéndose el objeto de la expedición. Trató rápido de reparar las averías de los galeones, en cuya operación se hallaba cuando entró en el mismo puerto la armada holandesa, al mando del almirante Tromp, y reconociendo el inconveniente de la vecindad, ordenó el inglés que la española cambiase de fondeadero, ubicándose entre ambas para obligarlas a respetar la neutralidad en que se mantenía Gran Bretaña. No era ésta, sin embargo, de naturaleza para tranquilizar a Oquendo, las instrucciones que había recibido del Gobierno, y sus propias observaciones, les hacían sentir que de un momento a otro, y por cualquier evento, podía cambiarse en hostil la actitud amistosa del huésped, en cuyo concepto, a una pérdida segura en el puerto era de preferir el azar de una batalla marítima. Accidentes imprevistos embarazaron la salida de una parte de los galeones, viéndose con 22, seguido por los holandeses, que contaban con 114, y que en el combate de 5 contra 1 emplearon los brulotes para destruir más pronto la osada fuerza que retaba a tan enorme superioridad. La capitana de Don Lopp de Hoces luchó con 8 navíos y fue abrasada, que no rendida; la del almirante Feijoó sucumbió, quedándole 13 hombres vivos; lograron abrirse paso aisladamente otros, aunque maltratados, quedando la Real de Oquendo sol. La gente, acobardada por el diluvio de hierro que despedazaba la arboladura, se abrigó bajo cubierta, en cuyo momento indicó al general el piloto que todavía podían ganar otra vez el puerto de las Dunas. Con la noche cesó el admirable espectáculo de aquel combate, entrando la Real en el puerto de Mardique donde se le contaron 1.700 balazos de cañón. Su salud estaba muy quebrantada.

Volviendo a España, en marzo de 1640 con los galeones que se le incorporaron y estando cerca de Pasajes, donde tenía su morada, le aconsejaron la entrada en el puerto para curarse. "La orden que tengo es de volver a La Coruña, nunca podré mirar mejor por mí que cuando acredite mi obediencia con la muerte", dijo. Abrasado por la sed de la fiebre, rogó a los médicos que cuando no tuvieran esperanza alguna le consintieran beber un vaso de agua fría. Se lo ofrecieron el 7 de junio y tomándolo con ansía en las manos, mirándolo un momento, lo derramó ofreciendo a Dios tal sacrificio. A poco sonó la salva de artillería de la Armada que anunciaba el paso de la procesión (Corpus) y oyendo los cañonazos se incorporó diciendo: "¡Enemigos, enemigos...a defender la Capitana! Y dejó de existir.

Don Miguel de Oquendo, también general de Marina, que escribió la vida de su padre, cuenta entre otras particularidades suyas, que desde joven fue muy diestro en el manejo de las armas y aunque se crió en la mar, de los mejores hombres de a caballo a su tiempo.

 









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