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18/02/2016 - Alberto G. Ibáñez Preparar para imprimir   Bookmark and Share
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El hecho diferencial español
La imposibilidad de un programa de enseñanza unificado de nuestra historia

Los intentos de contar con una Historia unificada de España en el sistema educativo siempre han fracasado. ¿Por qué? Existen varios motivos, sin ser el menor en hecho de que la Escuela pública aquí no ha sido nunca ni la única ni la mayoritaria, hecho diferencial con la construcción nacional por ejemplo de Francia, donde la visión oficial y unificada de la Historia del país sí pudo imponerse. Nuestro fracaso no ha sido debido, en todo caso, a la falta de iniciativas en tal sentido. El que lo intentótal vez con mejores razones fue Eduardo Callejo, ministro de Instrucción Pública en 1926, pero su proyecto no llegó a consolidarse.Incluso durante el propio franquismo, a pesar de contar con manuales de cierto interés como La historia de España contada con sencillez de José María Pemán, tampoco se consolidó una versión unificada de nuestra Historia en la escuela.

En la actualidad el panorama es desolador y una rara excepción en los países de nuestro entorno (por cierto con mucho mejores resultados escolares). De los tiempos en que se hablaba del “libro único” hemos pasado a una panoplia de manuales de historia variadísima, con comentarios y valoraciones en ocasiones más que discutibles. En este contexto, en el año 2000 la Real Academia de la Historia presentó un Informe “anónimo” contra los manuales de Historia utilizados en secundaria. Nótese el sorprendente carácter de “anónimo” de un Informe elaborado por expertos en plena democracia y con el gobierno del Partido Popular en el poder. ¿Miedo en democracia a dar una opinión autorizada? Pues sí, en esa época (y tal vez todavía hoy) el historiador que se atrevía a cuestionar el sociologismo imperante y el culto de los particularismos…, se la jugaba. De hecho, las críticas interesadas no se hicieron esperar. Las más consistentes abundaron en el hecho de que la Historia no podía basarse en hechos, sino en procesos, esto es, que no podía ser objetiva y rigurosa, sino subjetiva y variada como reflejo de las distintas voces. Lo contrario llevaría al parecer al autoritarismo y al memorismo. Bajo estas críticas, algo sorprendentes, se perseguía en realidad mantener un status quo que permitía que las voces que se reflejaban en los manuales fueran en realidad las de unos cuantos…, y no precisamente siempre los más rigurosos (ver, por ejemplo, sobre esta “querella de historiadores”: Benigno Pendás, “Tucídides nos enseña historia” en B. Pendás, Las paradojas de la libertad. España, desde la tercera de ABC, ed. Tecnos, Madrid, 2010, pp. 31-34).

Lo cierto es que mientras nosotros nos perdemos en querellas internas inútiles o en prejuicios puristas, otros países incluyen sin recelo elementos míticos que proveen a ensalzar la autoestima nacional: los ejemplos de Juana de Arco para Francia, de Guillermo Tell para Suiza —personaje de leyenda considerado de facto como el padre de la Confederación Helvética, que solo surge como tal en 1803— o la manera “particular” en que se enseña en la escuela británica su victoria sobre la Armada invencible o su participación en la batalla de Waterloo, deberían bastar para acallar las recurrentes letanías de nuestro suelo.

Pero hay más. Mientras resulta imposible contar con un manual de Historia de España unificado, asistimos, ya sin sorpresa, a todo lo contrario en los programas escolares de historia de corte particularista, separatista o nacionalista-regional, donde sin pudor se incluyen excesos interpretativos en torno a la figura mítica de Wifredo el Velloso o la obra de Sabino Arana, prescindiendo “de forma muy científicas” de sus aspectos más discutibles o simplemente racistas. Todo ello para ensalzar todo lo que sirva a legitimar unos procesos de “construcción nacional” con base histórica real más que dudosa. Por no hablar de Ignacio Olagüe, un autor recuperado por el nacionalismo andaluz, e incluso con cierto reconocimiento en Francia, que sostenía que los árabes nunca habían invadido España, y que no existieron ni Guadalete ni Covadonga, sino un monoteísmo autóctono (primero llamado “arrianismo” y luego “andalucismo”) que se dejó contagiar “pacíficamente” por misioneros árabes.

Por el contrario, en el caso español lo que abundan son los lamentos, los golpes de pecho, la exaltación (a menudo exagerada y falsa) de nuestras vergüenzas o la simple descarada ocultación de nuestros logros, gestas y héroes, cuando no el mero cómplice silencio. Éste es nuestro verdadero hecho diferencial.¿Por qué será, mis queridos ingenuos?

Alberto G. Ibáñez, Doctor en Derecho y en Ciencias de las Religiones​

 









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